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No dejaba de extrañar á Eamón que ni madre ni hija le ofrecieran la casa, á pesar de las relaciones formales qae los ligaban. ¿Qué razón lo impedía? ¿Habría algo que ocultar? Picado por el misterio, Ramón quiso aclararlo. -Mamá- -respondió Teresa- -no permite que entre e n casa hombre alguno si n o es para llevarme á la iglesia. Dice que la antesala es la vicaría y la tarjeta de anuncio el expediente matrimonial. -Pero esa severidad t e n d r á su causa. Tal vez algún novio arrepentido, informal- -No he tenido m á s novio que tú. Son manías de señora del antiguo régimen. Eamón, que e r a h o m b r e formal, gustó de aquellos escrúpulos de honestidad exagerada, y pidió la mano de Teresa, empezando el arreglo de papeles para casarse. Y entró e n la casa d e su futura. ¡Qué desencanto! E l velo, aquel eterno velo d e tul m u y moteado n o tapaba entonces el rostro de Teresa; seguía siendo correctísimo, de hermosas líneas; m a s aquel cutis aterciopelado, que era su principal hechizo, apareció manchado de grandes pecas, basto, tosco y como cribado por abundantísimos hoyos, reliquias d e la viruela. Ramoneito se explicó ya el uso constante del velo y la resistencia á dejarse ver en la desnudez casera mientras el novio n o tuviese p a r a anular el mal efecto ese otro velo que el amor pone e n los ojos del enamorado, como venda que oculta las imperfecciones del ser querido. E l novio no hizo demostración externa de su desencanto. Teresa atacó valientemente la cuestión antes que la cuestión se le viniera encima. -Te desagrada la verdad- -dijo; -te desencanta el verme como soy. Aunque lo ocultes por cortesía, lo conozco; y aunque no lo conociera, m e explico el desengaño y lo encuentro natura) Pues h a s de saber que llevo H- i. y; í iC todavía otro velo más tupido. No debo de reservar nada al que v a á ser m i marido; si lo hiciera, sería u n a mala mujer. Oye mi historia, y n o t e asustes, que n o afecta á m i decoro. A los quince años contraje esta horrible enfermedad, que dejó para siempre señalado mi rostro con la marca de las desdichadas. Cuando m e miré al espejo, sentí la desesperación d e los condenados. No m e volví loca, n o s é por qué; pero m e volví mala, bien puede verse por qué. Allí acaban todos los sueños, todas las esperanzas de la vida. L a s viruelas curadas en el cuerpo se m e retiraron al corazón. Me hice otra de u n golpe: envidiosa, vengativa, iracunda. Aquella niña dulce y angelical, rubia de alma como de pelo, llevó durante algunos años u n a fiera dentro. Todos huían d e m í no tuve auiigas, nadie m e trataba, era insufrible, y habría sido definitivamente desgraciada sin u n día d e lucidez que interrumpió aquella locura frenética: advirtiendo que con el velo podía pasar m i cara, comprendí que necesitaba velar también mi espíritu con otro velo que disimulara s u s defectos, hoyos y manchas. E s e velo n o es otro sino el de la educación; emprendí, pues, la educación del alma con t a l constancia j la corregí con tal firmeza, que nadie ve hoy la tosquedad y asperezas del semblante moral de aquella n i ñ a e n esta mujer suave de palabras y de sentimientos, rubia de alma como de cabellera. Temía que m e vieras sin el velo de la cara; por eso l a h e escondido siempre á t u s miradas. No temo que m e veas s i n el del espíritu, porque ese velo va ya tan pegado á él, que aun queriendo quitármelo no lo conseguiría. L a costumbre de vencerme á m í misma m e h a vencido. L a educación ha formado en m i otra naturaleza. Y ahora escoge entre m i s dos caras, y dime qué te parece mejor: ¿tener que ocultarte la del cuerpo, ó tener que encubrir los verrugones, arrugas y lacerías de la del espíritu? Ramón escogió sin vacilar. Se casaron y fueron felices, porque Teresa era realmente como se había descrito. Aparecía encantadora bajo sus dos velos: el de tul, que favorece la tez, y el de la educación social, que enmienda las fealdades groseras de la naturaleza h u m a n a DIEU. ICS r E VÁRELA EUGENIO SELLES De la Rcat Academia Española,