Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
J MfjT ON razón F e r n a n d o y Luisa eran la envidia de todo el barrio. Jóvenes, J V ji trabajadores, de espléndida y sonriente salud, se querían á los cuatro años de matrimonio como en los más felices días de su noviazgo, cuando se eían á la salida del taller. A u m e n t a b a los encantos del hoga: uu precioso niño de dos años, de cabellera rubia que le caía graciosamente en largos tirabuzones, cubriéndole la nuca. Cuando Fernando volvía de su oficina, donde ganaba u n modestísimo sueldo, ella lo esperaba en el balcón con igual impaciencia que si fuese la p r i m e r a cita amorosa. E l niño con su tierna vocecilla, asomando su c a b e c i t a p o r entre los hierros, le llamaba al veile llegar, y era el primero que salía á recibirle, con algo de interés egoísta, pues siempre le traía su padre alguna golosina. Vivían en u u modesto piso de u n barrio extremo; cinco liabitacicnes reducidas y amuebladas modestamente. Y, sin embargo, les parecía u n palacio. i Cuántas privaciones, cuántos trabajos p a r a reunir aquellos muebles! Así que por ellos sentían singular afecto, como si fuesen parte integrante de la familia, seres vivientes. Por eso se recreaban en mirarlos, en tener especial cuidado en que no sufrieran el menor deterioro. L a salita estaba siempre cerrada, m u y e n t o r n a d a s las maderas de los balcones, para que ni el sol pudiera mancharles. ¡Cuatro años de ahorros, infinitas visitas á las almonedas suponía tan envidiable y encantadora propiedadl Pero á t a n solícitos y afanosos cuidados, á tan admirable coquetería puso fin en anos minutos u n incendio, que tuvo su origen en las bohardillas. Sobresaltados por las voces de la vecindad, Luisa y F e m a n d o pudieron ganar á tiempo la escalera y salir á la calle. Desde el arroyo contemplaban atónitos y estupefactos cómo aquella inmensa lengua de fuego iba invadiendo los altos pisos de la casa; cómo la enorme llamarada destruía sin piedad todos los enseres de su casa comprados con tanto afán y á costa de grandes estrecho es; con qué fuerza brillaba sobre el chapeado de los muebles aquella imponente danza, de chispas; cómo volteaban las llamaradas de fuego contra la puerta de su encantadora salita, preservada hasta entonces por el cuidado do Luisa del menor ataque; cómo caían en indecible confusión, amontonándose, sus objetos queridos. Y ellos seguían aquella brutal devastación mirándose en silencio, atemorizados lo mismo que dos pájaros que al volver encuentran su nido destruido. Por fin el fuego se pudo contener á las dos horas de iniciarse. Y ál otro día decían los periódicos, al dar cuenta del suceso, que d fuego no había tenido importancia. ¡Que no había tenido importancia, y había destruido por completo el hogar de aquellos infelices! LUIS GABALDÓ: S tVA