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s. 1.11 ltí büigin pula, Itíiu, ai. tíi í, dda, única la forma soñada, entre las manos del artista! P t u. sin lucha. E n toda la noche no cesó Iniesta de modelar la arcilla dócil con esfuerzo doloroso capaz de ablandar bronces, como quien doma resistencias harto más tenaces que las de la materia. Y en tres días largos de delirio, sin sueño ni alimento, desbaste ü n trozo del más limpio sacaroideo traído de Italia, bosquejó sobre él la forma adorada, y trabajando con terquedad de fanático, con furor de poseído, al cat rlas brillosas lascas del mármol veía aparecer la ima i que llenaba su alma, la mujer querida; y tal era la lucidez adivinatoria de su cincel, que no parecía formarla, sin descubrirla, arrancarla al duro seno blanco que avaramei i la escondía. ¡Por fin! El busto erguido sobre la rocalla del marro labrado, como sobre fantástico plinto de nieve y cspumíi guraba al sol de u n a m a ñ a n a de Mayo, colocado sobre iii pode y ante rojo cortinón de terciopelo. ¡Es ella, es ellí linceaba Pepe orgulloso, enloquecido ante aqiiella ree- i ción de su Elena, imaginando en su delirio que el am i inspiración habían logrado infundirle eterna vida. ¡Al do ella lo vea- -sollozaba el feliz artista, -cuando ella ha llegado también para mí la hora de luz, que envueltos misma gloria pasaremos los dos á la inmortalidad! Per alcanzado yo todo este bien? ¿He sabido trasladar al tanta belleza? Sólo falta acabarlo en presencia de ell. mitir a l a piedra algo incoercible: la personalidad, qui ercibe de cerca, respirándola ¡Dal vero! VI Poseído de calenturienta exaltación llegó Iniesta á ca i Doncel- -á la cual jamás visitó sino en el teatro desde ra de sus amores de niños, -y con emoción hondísim. i lisimulada le rogó que le acompañase á su taller para l.i voto sobre u n a obra que tenía casi concluida con destino á la Exposición; sin el voto de ella, de su amiga de la infancia, de la grande artista qu 6 poseía la intuición sagrada de la belleza, no se atrevía el escultor á dar por terminada su obra. Sin resistencia accedió la Doncel á la petición de su amigo, y ocupando el coche que éste á prevención llevaba, se trasladaron ambos al taller como dos buenos camaradas. Desvanecida la m o m e n t á n e a emoción de la noche del Keal, Elena volvía á ser para Pepe la amiga franca y sincera, un tanto endiosada y como protectora de siempre. Pero Pepe no veía en ella aquel día sino el modelo vivo de su busto, el alma de su mármol destinado á la eternidad. Subieron al taller, ella curiosa de conocer la obra incógnita, él palpitante de amor y de orgullo. U n a vez en el guardillón decorado, que obstruían mármoles, yesos y cachivaches vetustos, paróse la cantante á mirar u n a s ánforas rotas y unos soberanos torsos helénicos; y Pepe, sin enterarse de la distracción de ella, descorrió vivamente el toldillo al ventanón cenital, y u n salto de luz cayó sobre la trípode, que sustentaba un confuso envoltorio, u n brocado antiguo revuelto á u n a forma indecisa; retiró Iniesta el paño, y las haces vivas de la luz sedoblaron reflejando albores sidéreos al herir el mármol sin mancha, el busto de Elena, que mórbido y resplandeciente emergía de la rocalla blanquísima, como Venus de la espuma. ¡Ah! ¿era ésta la obra misteriosa? -reparó Elena con aire de divinidad propicia. -Vamos, esto ya es algo... si, me reconozco; soy yo; pero sin vida, sin alma es mi cadáver. ¿Xo te parece que- -aquí nombró á nuestros dos primeros escultores- -cualquiera de los dos podría terminar ese trabajo? Así, en colaboración, la obra resultaría lograda; tu nombre empezaría á sonar, y mi busto llevaría una íirma ilustre. Algo más iba á decir Elena, pero no acabó; Pepe, lívido, tembloroso, frenético, había corrido á u n rincón del taller, y desde allí venía hacia la trípode, blandiendo u n objeto en la diestra levantada. U n golpe seco, duro, fulmíneo, hirió el sonoro mármol; después retumbaron otros y otros, acompañados de algunos gritos teatrales de la diva, á cuyos pies rodó el olímpico busto bárbaramente mutilado, deshecho bajo el mazo del escultor, que pulverizando sañu lamente su obra, reía ya convulso, congestionado, con la trágica risa que fué el primer estallido de su locura terrible. BLANCA DE LOS EÍOS DE LAMPÉREZ DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA