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EL BUSTO DE LA DONCEL HORA que nos deslumhra con el es- plendor de su gloi- iii, ahora que todas las ilustraciones de E u r o p a y de América publican su retrato y su biografía- -un tanto fantaseada, ¿quién no conoce á la insigne diva? E n) a época en que empieza mi narración, era otra cosa; entonces Elenita Doncel, una niña pequeñuela, moreJ nilla, desmedrada, insignifiI cante, vivía con su madre, chalequera de oficio, en u n mísero desván de la calle del ííoviciado. Comenzaba el arrapiezo á solfear en el Conservatorio, y por más señas diré que asistía á clase con una toquilla de lana roja, que rompía los cuadernos de música de puro sobarlos entre las manos, poco pulcras, y que des... jl- MMMIír -fMCj- JJSVtrozaba las punteras de las botas en su continuo esfuer i i, i zo por imitar á las bailarinas del Real, girando gallardamente sobre las puntas de los pies. Pero con todo aquel aspecto de chica ordinaria, flacucha y destrozona, justo es advertir que despuntaban ya en Elenita las vislumbres primeras de su belleza y de su genio, mejor dicho, de su belleza genial; porque en ella la hermosura fué siempre resplandor del alma. Erguíase ya su cabecita infantil con aquel altivo señorío que infunde la propia confianza y acaso el presentimiento de la gloria; y ya sus negros ojos enigmáticos vibraban de vez en cuando ese relámpago fascinador que tanto prestigio ha dado á su personalidad de mujer artista, ese furtivo centellear de la combustión latente de su tempestuoso espíritu. Y ya por entonces andaba prendado de sus nacientes gracias Pepe Iniesta, otro adolescente enamorado de la gloria. Pero así como Elenita era una energista innata, Pepe era u n perpetuo desconfiado de sí mismo. Y no porque le faltase talento, ni arranque intelectual, ni genio, sino porque Iniesta vivía hacia dentro cuanto Elena vivía ifficia tiera; reflexionaba demasiado, y la reflexión, fecunda en sugerir soluciones opuestas para cada caso posible, esteriliza en germen toda acción. El muchacho, que pertenecía á una familia distinguida y bien emparentada, aunque no rica, tenía verdadera pasión por el arte y vocación resuelta por la escultura: dibujaba ya muy bien del yeso y del natural y asistía á la clase de modelado. Y como Pepe vivía en la calle de San Bernardo, diariamente se encontraban los dos neófitos camino del Conservatorio ó de la Academia, cada cual con u n rollo de papeles bajo el brazo y un mundo de ilusiones en el alma. II De aquellos cotidianos encuentros, de la mutua simpatía, de la juventud de ambos y de la comunidad de ideales nació aquel amor primerizo, que para Elena fué juguete de u n a s horas, para Pepe toda la vida. Cuando la voz de Elena perdió el timbre angelical de la adolescencia, y cobrando el vigor vibrante y apasionado de la juventud comenzó á ganarle aplausos, nombre, admiradores el amor de Pepe, desdeñado, no comprendido, se retrajo con masculino orgullo, con arisca dignidad; pero tan grande era, que no alcanzando á destruirse á si mismo, con abnegación dolorosa se mudó en amistad, en devoción á la artista. Y como la familia de Iniesta era influyente, el culto del enamorado se tradujo en protección poderosa; y merced á los amigos de Pepe, Elena llegó pronto á la meta de sus aspiraciones. La Prensa la rodeó de ráfagas de apoteosis y la envolvió en nubes de incienso; cierta dama egregia se declaró su protectora, pensionándola para que estudiase en Italia; y como la voz, los hechizos y el talento de la Doncel crecían con los años, cuando los suyos no llegabí n á veinte su fama era ya casi europea, y en los cinco transcurridos después, su gloria es la que todos conocemos; y su belleza, aumentada con el prestigio estético de que su rápida cultura- -adquirida mediante percepción maravillosa- -ha sabido rodear su persona, ejerce al cabo la universal dictadura que todos acatamos, imponiendo á los hombres sus caprichos y á las mujeres la moda, cuyo cetro de vidrio empuña la endiosada rma- áo íia con la misma grave majestad con que llevaría el suyo de oro una emperatriz bizantina.