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NO HAY GUARDAS CONTRA EL AMORL tío Precauciones, según le apodaban sus i convecinos- -y luego se verá p o r qué, -era el capita- í lista más. rico de su pueblo; lo era seguramente, aunque nadie pudó precisar la cuantía de sus haberes; porque así como otros la exageran por vanidad, él la amenguaba, y n o por modestia, pero sí por evitar las asechanzas y tentaciones de los codiciosos de bienes ajenos. Tenía malísiPC m a opinión de los hombres, en quienes veía enemigos en vez di hermanos, y era además miedoso de nacimiento. Calcúlese con todo esto á cuál grado llegaría su f miedo nativo ayudado de aquei llas dos primeras circunstancias. Estaba verdaderamente poseído de la manía persecutoria, sin w I pensar más que. en ladrones y asesinos. Hacía, pues, lo posible y aun los imposibles p a r a librarse de los peligros que s u pusilanimi- j -1 ji. J i r í i ü s r dad abultaba. íS f t B ÍÍBP Había edificado su vivienda ÍXflÉBíií V 7 ¡i en el barrio más. céntrico y po ¡p IBIJI puloso de la villa, porque a u n temiendo m u c h o á los hombres, temía más á la soledad, cómplice de los malos deseos y encubriVTT dora de las fechorías. La casa era u n a fortaleza: muros gruesos, puertas dobles, cancelas de fi i I 11 j: i n i y M- i i.ii. i- Sin embargo, eso no bastaba. Los hierros se dejan limar; las puertas se dejan abrir; sólo oponen la resistencia pasiva; no asustan á quien las ataca; son defensores mudos, muertos. Un castillo, por fuerte que sea, si no tiene guarnición, es como escopeta sin carga: sucumbe al adversario m á s cobarde. Aquella fortaleza necesitaba, pues, sus soldados, s u s defensas vivas y activas. El dueño de ella podía sostener dentro u n a buena compañía de criados; pero coino desconfiaba d é los hombres, n o se atrevía á meter el enemigo en casa. Serían los primeros traidores. El miedo es astuto, como es astuta el hambre: despiertan el ingenio m á s que lo despiertan el valor y la hartura. Y él mismo miedo proveyó á la necesidad. Puesto que los hombres eran necesarios y no inspiraban confianza los de carne y hueso, hubo que hacer hombres de imitación, perfeccionados, que poseyeran lo bueno y no lo malo de la humanidad, dejando en ellos los músculos que obran y defienden, y arrancándoles el alma, que codicia y engaña. ¡Qué gozo el del tío Frecauciones cuando dio con su maravilloso invento y su feliz estratagema! Halló el germen de la idea en el campo, viendo los espantajos de las viñas y siembras. Aquellos chaquetones y sombreros puestos en una pértiga representan, la figura humana, reijresentan l a autoridad, el dominio, la fuerza, la vigilancia, y sin ser m á s que peleles de trapo sucio, infunden respeto: y a h u y e n t a n á los voraces gorriones, que harían pasto de ellos si conocieran lo inane de su ser. Nuestro industrioso amigo, perfeccionando la ficción, hizo dos uniformes y vistió con ellos dos maniquís. Nadie podía dudar que aquellas figuras eran propiamente u n a pareja de la Guardia civil, del soldado útil, de la fuerza protectora, amiga de los buenos y terror de los malos, Guardábalos d u r a n t e el día en u n cuarto reservado para que nadie los viera, y los colocaba de noche en guisa de centinelas, á la parte interior del portal, para que los viese entonces quien pretendiera entrar en la casa. Ya quedaban con esto engañados los ojos de los ladrones; pero había que engasarles también los oídos; porque de otra suerte, la inmovilidad y el silencio de los guardianes causaría tal vez más risa que espanto. Nuestro hombre, que era hombre á la moderna, buscó en el progreso de las ciencias el complemento. de la obra, y compró u n fonógrafo armado de p u n t a en blanco, es decir, que reproducía las voces de gente que está en acecho, el hablar misterioso de policías que preparan una sorpresa, el cuchicheo amenazador de personas apostadas y prevenidas á defenderse. Y adaptó el aparato á la puerta de la casa, con u n artificio que lo ponía en movimiento no bien se abría la hoja de la puerta. L a ficción eraperfecta: -estabahecho el hombre de quien se puede fiar, hermano de sus semejantes, el bueno y depurado. de toda maldad. P a r a ello fué preciso hacerlo de nueva fábrica, a p r o v e c h a r l a figura, que es lo que conserva del ángel, y extraerle el espíritu por lo que contiene del demonio rebelde. No hay para qué decir que el tío Precauciones guardaba las suyas como oro en paño, ocultando hasta de su T 1 i-