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patatas souflés en todas partes, y la adoran (Ijajo un paraguas) con las calles desiertas, los hoteles cerrados y los municipales bostezando en sus paseos por las hermosas y solitarias vías. Ni los que buscan en San Sebastián el jaleo continuo de la gran semana, ni esos otros enamorados de una ciudad desierta, aciertan á nuestro. juicio en sus aficiones; la capital guipuzcoana es un delicioso refugio para la segunda quincena de Septiembre, cuando ya el estrépito veraniego ha disminuido considerablemente y quedan todavía como ecos ó restos del bullicio estival un poco de música y algunos cohetes que distraigan el ánimo del ruido salvaje y tristón que alzan las olas. Entonces sin apreturas en el boulevard, ni en los salones del Casino; sin la solicitud constante de las diversiones anunciadas con un énfasis abrumador, puede el veraneante gozar de todos los encantos propios de la bella Easo, recorrer sus pintorescos alrededores, subir al monte TJlla para admirar magníficas puestas de sol (suponiendo que no esté nublado el día) disfrutar, en suma, hermanándolos sabiamente, de los placeres de la ciudad y de los atrae tivos robustos de la Naturaleza. La Familia Eeal en esta última etapa de su jornada se complace en prescindir de todo aparato cortesano y recorre las calles donostiarras, confundiéndose con los grupos que forman los postreros veraneantes. Bien claro lo demuestran las interesantes C I C L I S T A AL S E R V I C I O DE LA, C A S A R E A L fotografías que publicamos con estas líneas, fotografías obtenidas en los días finales de la semana anterior. Próximo ya el instante de su regreso á Madrid, donde han de abrumarles los continuos actos que impone la realeza, D. Alfonso XIII y su augusta madre y hermanos gozan una temporada en San Sebastián del placer gratísimo que les proporciona el quebrantar un tanto las leyes fatigosas de la etiqueta y el libertar su vida de la esclavitud inherente á la pompa cortesana. De fijo que estos últimos días de jornada serán los que con mayor encanto recuerden las personas reales cuando de nuevo en Madrid les fatigue un poco la dicha de reinar, que aun siendo tan grande y esplendorosa, no siempre les parecerá leve á los que de ella participan, porque también los mantos de púrpura, aunque codiciados y brillantes, pesan. Pero, en fin, ya el veraneo donostiarra toca á su término, y mientras en San Sebastián se cierran hoteles y casinos, en Madrid comienza á manifestarse la vida normal de la población, y la gente acude á las contadurías de los teatros para renovar los abonos de la temporada anterior, y los políticos se dejan caer por el Salón de Conferencias del Congreso resucitando las intrigas y los chismes que tanto gusto dieron en el último invierno. Dentro de muy pocos días abrirán sus puertas is teatros grafides, y tampoco transcurrirán mu- s u MAJESTAD Y ALTEZA SUBIENDO DE LA PLAYA chos hasta que abra las suyas, si las abre, el edi- ficio de la Representación Nacional. Lanzados todos ya por el camino de las refundiciones teatrales ó políticas, nos iremos olvidando de aquellos plácidos días de la última etapa del veraneo eii San Sebastián; pero ¡quién sabe si alguna altísima persona, angustiada por los sinsabores que ofrece el espectáculo de las ambiciones políticas, no exclamará melancólicamente: ¡Quién pudiese, contemplar ahora el lento romper de las olas sobre la arena de la Concha ó recorrer los desiertos andenes de la Avenida de la Libertad! FOTS. CHUSSEAU- FLAVIENS SU MAJESTAD Y ALTEZA R E G R E S A N D O Á PALACIO