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1 Í. VArelA. -r é wp hombre aquel se entusiasma porque sabe que las amapolas son el plato favorito de las perdices y de las codornices. ¿Contemplan ustedes á ese otro cazador relamiéndose de gusto junto al apacible remanso que forma el tan acreditado arroyuelo murmurador, bordeado por sauces y mimbreras? Pues, nada, al individuo aquel le importa u n comino el paisaje y la poesía que de él se desprende: lo que le interesa es qu detrás de los sauces hay u n excelente puesto para esperar á los ánades ó á las cercetas. H a pasado ya la época de los grandes cazadores románticos: el arte por el arte va de capa caída en esto como en todo. Ahora de lo que se trata es de m a t a r el mayor número posible de piezas, de cobrar mucho: sucede lo mismo que en todos los órdenes de la vida, como suele decirse en el Congreso. El positivismo nos corroe, como solía decirse en el Ateneo. Antes era fácil cazar á la b u e n a de Dios, y aquellos, d o s ilustres cazadores que figuran en la Leyenda de oro, San Huberto y San Julián el Hospitalario, podían recorrer el mundo cruzando selvas y matorrales, llevados del afán heroico de la caza, sin ed deseo de aprovecharse de ella, ni de scdir en los periódicos, que no había en aquellos tiempos felices. Hoy el mundo se nos h a achicado de tal manera, que si resucitaran los santos patronos del deporte cinegético apenas podrían dar dos ojeos sin enredarse entre las mallas espesísim a s de la Ley de caza flamantita, acabada de estrenar y de silbar. L a Administración pública, la manía legislativa y reglamentadora que nos aqueja tiene ya infestado el campo: las perdices y las liebres h a n caído ya bajo la mirada augusta del legislador, y ya estan aviadas por consiguiente. Ahora, el cazar con jaula, ocupación y placer incomparable de los temperamentos linfáticos, se considera como un crimen. Hace falta licencia de escopeta, licencia de perro, licencia para gastar polainas, y últimamente el ministro de Hacienda, que es un buen cazador y conoce el paño, sé ocupaba en redactar u n reglamento para echar u n impuesto sobre las men tiras, cuentos y exageraciones de cazador. FOTOGS. DE, MUNOZ. DE BAENA Y pAVtv