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iL g P RT UTOPEü jg I o s madrileños empedernidos que n o saben distinguir el trig- o de la avena, ni u n a oliva de un almendro, y para quienes el campo son los Viveros de la Villa ó las Ventas del Espíritu Santo, creen que la estación más propia para campear es el verano, la época en que se va uno á San Sebastián ó á Santander á lucir la ropita clara y á dejarse bonitamente los cuartos entre fondas y timbas más ó menos aristocráticas. ¡Pobres ilusos, señores de piso que tienen por nubes las del cielo raso que les ahoga y se asustan cuando ven u n árbol sin su correspondiente alcorque de ladrillo ó de piedra artificial para recibir las aguas de la manga de riego! Bueno, pues no, apreciables caballeros interurbanos, simpáticas ostras del banco de Madrid, no hay tal cosa. Blasco tiene razón: el verano es bueno para quedarse en casa; y para salir al campo, nada hay mejor que el otoño, es decir, la época hermosa y templada en que se puede pasar todas las horas del día al aire libre, gozando la serenidad del ambiente y la hermosura del suelo. Pero está claro también que para a m a r el campo de una manera platónica y sin móviles interesados hace falta poseer u n espíritu reflexivo y calmoso. La mayor parte de la humanidad uriana sólo estima la Naturaleza en tanto en cuanto puede convertirse en naturaleza muerta, como dicen los pintores de bodegones. H a y en Madrid bastantes sujetos q u e desde estos días en que concluye la veda hasta que aprieta el calor, se pasan la vida en el campo cargados con u n a escopeta, y en todo ese tiempo maldito si se enteran del paisaje, ni si gozan del ambiente puro, ni si estiman en nada la hermosura de la tierra y del árbol, del arroyo y del cielo. Para ellos no hay más paisaje que el radio de acción de su escopeta: apiolar una perdiz ó voltear u n a liebre vale y representa m á s que saborear las bellezas campestres: ellos van á su negocio, á tumbar mucha caza, sea como fuere, y el campo sólo les importa como sustentáculo y despensa inagotable de perdices, conejos, codornices y calandrias. ¿Ven ustedes á u n hombre de esos entusiasmado ante un campo de amapolas? Pues no vayan á incurrir en el error de pensar que admira la gracia y lindeza de la humilde florecilla. Al contrario, el 9 7