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brunas, mientras Isidora, más humana, más mujer, les hizo llorar con los infortunios de las doncellas sacrificadas, de las perseguidas princesas. Pero á pesar de ser tan diversas sus aptitudes, se odiaban mortalmente, y el afán m á s vivo de cada una era representar el repertorio de su rival. U n a noche, en una función benéfica, representaron j u n t a s el drama de Hurtado y Núñez de Arce Herir en la sombra. Clotilde hacía el papel de doña J u a n a CoeUo, esposa de Antonio Pérez, y la princesa de Éboli resucitó en la gentil apariencia de Isidora. Los amigos de ambas pensaron que tal vez se reconciliarían, acabando para siempre sus rencillas artísticas; mas defraudando aquellas esperanzas, Clotilde aprovechóse de las violencias del drama, y en el segundo acto increpó frenética á su contrincante con los tremendos versos que doña J u a n a dirige á la Princesa. Esta trató de dominar su emoción, pero fué inútil, pues escuchando los insultos que escudada por la ficción escénica le decía la trágica, se desmayó. Originóse XÍIÍ escándalo espantoso; acabó allí mismo la representación, pasando á vías de hecho los clotildistas y los isidorianos; comentaron los periódicos el suceso durante ocho días, y luego el ruido disminuyó. Muerta Clotilde, retirada Isidora, de todos cuantos tomaron parte en aquellos acontecimientos, la vieja que pasaba entre las sepulturas era la única en recordarlos. Pero para ella eran recientes, palpitantes, y mientras deslizábase rozando con su traje la piedra bajo la que yacía doña J u a n a Coello, se escapaban de sus labios palabras que, haciendo creer á los guardianes en su rezo, repetían los escarnios do aquella noche memorable. U n a vez y otra, con deleite inmenso, con fruición infinita, m u r m u r a b a á su rival, por siempre muda, las ironías que tanto le hicieron sufrir, aquellos versos donde la furiosa Clotilde puso todo su odio, cuando escupió, más que dijo, á Isidora, desfallecida ante el sarcasmo injurioso: c ¿Miedo vos? Pues os creía más valerosa y resuelta. ¿Quien á tanto se ha atrevido hoy vacila, calla y tiembla? Bepetía aún, cerca de la tumba, más versos, aquéllos donde la muerta arrancó más aplausos; y al cabo, arrancándose á su venganza, se alejab desiertos y callados, volviendo para despedirse de los que que silenciosos, inmóviles, sellados hablaron, inertes los cuerpos que se agitaron con tan diversa pasión. Siempre á su regreso hallábase más sola. Luego tornaba á su vida anterior, á saborear sus recuerdos, sus remembranzas gloriosas, y por el salón volvían á pasar los fantasmas de las heroínas. U n a noche de primavera vagaba la cómica por el cuarto, esclarecido por la luna desde el cielo sereno. Por la ventana abierta penetraban bocanadas de tibia brisa, trayendo el aroma de las acacias ñoridas. Colgaban las rosas trepadoras en ramos rodeando el bal con, y rompiendo el silencio, u n ruiseñor (todos los pájaros son ruiseñores en primavera) cantaba escon dido entre las ramas. Ante aquella noche primaveral, llena de luz, de DIBUJOS DE MÉNDEZ BRIKGA gorjeos, de amor, de vida, Isidora se sentía inquieta, desasosegada, y contemplaba el desfile de las visiones que cruzaban la estancia gozosas, sonrientes: Inés, Julieta, Adriana, Leonor, las enamoradas eternas que amando murieron, surgían en la oscuridad, iluminándose con la pálida luz del astro, aminando lentas, con la sonrisa en los ojos y en los labios. No hablaba Isidora, recitaba quedamente versos llenos de inmensa pasión, de ternura infinita, palabras susurrantes, entre las que sonaba siempre, cadencia de aijuolla miísica amorosa, una frase repetida perennemente: Te amo, te amo. El pájaro -antó más cerca. Sus tiinos ascendían límpidos y vibrantes en la noche estrellada, líntonccs Isidora fué al armario, y junto al diván, bajo la clai idad lunar, vestida de rosada tela blanca, cubierta con albo velo sujeto por un círculo de oro, resucitó la inmortal amante Isabel de Segura. Los versos huían de su boca. Veíase i ccliazar á Marsilla, tornar luego, y contemplándole muerto por ella, muerto por su amor, decir con acento jnoribuudo: Mi bien, perdona mi desprecio fatal. Yo te adoraba. Tuya, fui, tuya. cómica. Sus ojos se nublare c o r a z ó n latió compuesto, Pero dominando aquella angustia, pudo seguir y concluyó: Tuya fui, tuya soy; en pos del tuyo mi enamorado espíritu se lanza. Un esfuerzo sobrehumano le ayudó á recitar el último verso, y ahogada por la ola ¡de sangre que impetuosa subió por su garganta y anegó el cerebro, agitó las manos, que blanquearon en el reflejo de la luna, y cayó pesadamente en elfdiván. Al choque conmovióse el muro, y desprendida una! corona, rodó cual último homenaje hasta los pies de la Isidora. MAURICIO LÓPEZ ROBERTS