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i IvA ISIDOT A. M A no líi recordaban las -entes, y si su nombro salía á relu -ir de vez en cuaiulo, era ponine 1 sus contemporáneos lo exhumaban ele 1 las sombras del pasado al hablar con admiración de aquella incomparable Adriana Lecouvreur, de aquella Heril) erta majestuosa de La ley de raza, de aquella Elda conmovedora del Baltasar de la Avellaneda, encarnadas tan maravillosamente en la figura gentil, en el rostro hermosísimo de pálida tez, melancólica sonrisa y ojos soberbios, ¡rofundos y I i aterciopelados de la cu sus tienq) OK célebre actriz Isidora. y Recordábase también que una noche, luego de representar cton tan perfecto I arte corno siempre, salió de escena pálida, conmovida, temblorosa, y sosteniénr dose á duras penas, participó al emj) resa. rio que desde aquel instante dejal) a do pertenecer á la compañía. Algunos creyeron que uu desengaño amoroso lo hizo abandonar la escena; otros afirmaban que Isidora se ausenti del teatro cumpliendo apasionada pi O mesa; hubo quien dijo que su voluntario destierro obedeció al misticdsnro que ataca á algunas cómicas maduras; pero ninguno estaba en lo (áerto. Isidora juró no y volver á pisar un escenario la velada fatal en la que oyó á un adolescente, sentado en la orquesta, decir con entusiasta admiración y pena generosa: ¡Cuan bella, uán admirable actriz! ¡Triste es pensar que su arte y su hermosura lian de -ü envejecer! Aquella frase atravesó el corazón de la histrionisa. Desfalleció ante tan desconsolador presagio, y resuelta á espantar los fantasmas de la fealdad, de la vejez y de la muerte, se recluyó en su morada, y allí, sin que nadie la re (tordase el paso de los días, vivió en ilusión y eterna juventud. La casa, á semejanza de su dueña, huía del mundo, temerosa le algún clioque, de algún roce que desgarrara la rosada nube de su ficción, líl jardín, espesando sus ramas contra la verja, perdía la vista en tupida maraña de hojas y brotes. Las acacias velaban con su frondosidad la fachada, dejando entrever sólo un ángulo de balcón, recua (Irado entre las trepadoras. Xadie movía los rígidos pliegues de las cortinas caídas í- nadie entreabría la ventana; nadie aseaba por los senderos donde los rosales aban donaban confiadamente sus fiores sí bre la arena dorada. Las colgaduras espesas, las puertas ahnohadilladas ensordecían los rumores, y los relojes detenidos ennmdecían, sin roer segundo á segundo el tiempo. La luz penetraba ti- abajosamente, y á su reflejo escaso se adivinaban en los muros (toronas de lauí- eles mustios, entre cuyas hojas color de polvo brillaba algún fruto de oro como chispa en la ceniza, y de letras antaño doradas, las glorias momentáneas, los efímeros triunfos. de la Isidora. E n medio de aquellos apolillados ti- ofeos jiaseaba la vieja, y al paladear el d u l c e dejo de sus recuerdos, evocaba los éxitos, y reviviendo las heroínas (jue encarnó, le parecía verlas desfilar en melancólica procesión porel íondo de la estancia, naiiendo y perdiéndose. en los ángulos sombríos. Viendo las visiones, -la cómica creíase siempre, joven y sienipre bella, y con su voz aún fresca, recitaba largos parlamentos, que sonaban como charla de espectros en la casa silenciosa. La poesía romántica esparcía sus floi- es y sus estrellas, desencadenaba su pasión volcánica, rugía hnprecacíones terribles, y la actriz, llegándose á- u n a r m a r i o donde guardaba sus galas escénicas, cubríase con trajes raidos, y envuelta artísticamente, representaba. A g r a n d e s asos recorría la sala, -apretando; entre sus dedos de alabastro e l p a ñ u e l o de encaje ó la daga damascpnna. iíl raso y el terciopelo caían en pliegues; deslucidos, saltaban sobre el pecho los collares; un ceñidor de enormes piedras rodeaba la -intura, y. bajo un i erco de- oro apretábanse las canas, mientras la voz armoniosa lanzaba al aire las sentidas (lu. ejas de la Florinda de Hartzenbusch: Todos ¡ayl. me abandonan. ¡Oh Leandro! ¿Cómo no vuelas á romper mis hierros? o reidtaba la trágicac- oufesión de Isabel en ELrey. monje, de García tJutiérrez, que empieza: Nací dichosa y en hidalga cuna, y hermosas envidiaron mi beldad. De tarde en tarde salla envuelta en espesos abrigos, encubriendo el rostro con tupido velo, hundidas las manos en un manguito de pieles calvas, s e a l e j a b a de su casa, y lentamente, por sitios poco frecuentados, iba á visitar a sus- únicos amigos: iba á ver á los muertos. Anocliecido llegaba al cementerio donde reposaban los actores contemporáneos suyos: el celebérrimo Adrián y la no menos famosa Clotilde. -Allí dormía- la ilustretragica que arrebató á los espectadores en la gran Reina Católica, en las ricas- hembras, en las castellanas hom 4 y J