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su caudal de cuatro pesetas concienzudamente adquirido en la limpia y descarga de un granero. Bebía pausadamente con esa solemnidad silenciosa del Baco profesional. E n la plaza se movían los álamos con u n son quejumbroso; los rayos últimos del sol derraban mansamente las frondosas copas; de la fuente a b u n d a n t í s i m a se alzaba como u n a niebla fresca y u n murmullo musical, rítmico, de p u r a s y misteriosas armonías. A compás de estos rumores deleitosos se esparcía entre la arboleda el son del coro infantil que abandonaba la escuela. Kran ellos, los niños cantando, gritando, moviéndose como pájaros escapados do la jaula. De i) ronto, do las calles riscosas que dominan la plaza, vino u n estruend do gentes espantadas; salieron los vecinos manoteando, vociferando, anunciando un peligro que se echaba encima. Se oyó u n disparo, luego otro, y entre el formidable alarido que alzaba la gente, u n perro grande negro, herido y sangrando, con ol lomo ferozmente erizado y esparciendo al aire en hilos viscosos la baba de la hidrofobia, se plantó en la plaza, debajo de los álamos. E n aquella sombra crepuscular brillaban los ojos del perro con luces azuladas y tremendas. A carrera abierta, llamados á gritos desde las casas, huyeron los nifios buscando refugio. Sólo la niña del tabernero, empujada, caída por íos demás, quedó en tierra pataleando. El perro rabioso emprendió su febril huida en dirección contraria de aquel bulto que se removía llorando, pero al llegar cerca de la fuente, la hunredad, el relampagueo de los chorros, el son del agua lo detuvieron convulso; batió los ijares, se recogió como un tigre, esparció su baba en un instante agónico de infinita angustia, y huyendo do aquella mortal visión del agua corriente, volvió por sus pasos azorado, cruel, espantoso, azotado por todas las implacables ansias del furor y de la muerto. líntonces sí, á muy corta distancia, vio aquel bulto infantil que huía La bárbara rabia se acrecentó en el animal y lanzóse hacia la niña Entro ella y el perro se interpuso u n hombre, hacha en mano, sereno, audaz, con una arrogancia fría en que se sentía latir la voluntad del Destino. Ene breve la lucha. El perro mcrdió y desgarró la carne del hombre; el hombre despan- rró al perro, lo tendió á sus pies, palpitando, agonizante, culjierto de sangre y de baba venenosa Y dice; os que le vieron, que aquel Hilario heroico y salvador, con la carne mordida y el pie sobre el perro, debajo de los resonantes álamos de la plaza, era una figura grandiosa, desconocida para todos. Cuando volvió á la taberna á entregar el hacha, todos le convidaron: mil remedios caseros le decían, pero no más que al vino se aplicaba. Y cuando ya bien enti- ada la noche, cansado de ser el hombre del día con paso muy inseguro se fué hacia el tejar, tuvo la dicha no esperada, la i n m e n s a dicha de que la niña del tabernero le gritase desde el ventanucho: ¡Adiós, Hilario feo, borracho Hilario! Y al borracho se le enternecieron las entrañas. Llegó al tejar á tiempo que rompía en estrépito la tormenta. Ilelámpagos, truenos, copioso aguacero que concluyó en granizo ¡Cómo se deformaban las tejas y los ladrillos, y se perdía aquella riqueza expuesta al aire! Y como un frío mortal hiciese brincar sus miembi os, Hilario buscó refugio en el gran horno, desocupado el día antes, y caldeado aún á ponto de asar la carne más rebelde. Allí se acostó y murió asedo, adherido al canto de los ladrillos humeantes, con la suprema inconsciencia de uu fardo humano, ahito de alcohol y de hidrofobia. Cuando á la mañana siguiente los operarios asombrados le volvieron, arrancándole de la caldeada superficie, vieron que por el otro lado seguía asándose- ¡Pobrecito, decían las mujeres; para eso nació: para morir como San Lorenzo, aunque vivió como u n a cuba! y. l morir como San Lorenzo dióle cierto prestigio. ¡Pobre! Su entierro fué cuestión de cuatro pasos. Y allí está, sin díícir esto n i lo otro ni nada ¡y con sus cenizas h a r á n ladrillosl JOSÉ KOGALBS DIBUJOS DE MENPEZ BBINGA