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COMO SAN LORENZO íílf o quedaba nn alma que no lo supiera, y es más, que no se lo echase en cara al infeliz. Por mucho que i W J j j duela confesarlo, hay que convenir con todos en que la fama de borracho y haragán y sin servir de que gozaba Hilario era justa y bien ganada. -Bueno, ¿y qué? ¿Se le debe algo al tabernero? -decía Hilario con una especie de cínico orgullo. ¡Ya lo creo que se le debía! 2 ío al tabernero, sino á todos los taberneros de la comarca. Pero era esta una salida que al interesado le parecía la mejor, acaso por no tener otra, ó invariablemente la echaba por delante á cada oficiosa interpelación del vecindario, bien así como el que no tiene más que una peseta falsa y en todos los mostradores la presentador si acaso. Hilario era una especie de solitario animal, unido al mundo por unas cuantas necesidades y á la sociedad por unos cuantos parientes, muy lejanos, muy indiferentes, muy descuidados en cumplir imaginarios deberes de la sangre. Vestía de lo que le daban- -generalmente ropas de difuntos algo pudientes, -comía lo que encontraba, cargaba con lo que le decían, y se emborrachaba de lo que el ingenio propio ó la extraña largueza le proporcionaban. Para dormir había escogido un tejar, de que venía á ser el guarda nocturno. Frente á la tapia del tejar blanqueaban de noche las tapias del cementerio. íJinguno quería acomodarse á esta centinela por temor al miedo, que es el miedo multiplicado por sí mismo, y así Plilario hacía su guardería gratuita roncando como un bendito de Dios, á la vera del horno en los inviernos, y en el rellano donde se hacían las tejas, á la vera del pozo, en el estío. Más de una vez metió la cara en barro buscando la frescura, y hasta paseó después los cascabeles secos que se le agarraban á los crespos pelos de su cabeza y cara, que no hay memoria de que cumplidamente se lavase más que una vez que se lo llevó un torrente y estuvo para morir agarrado á una adelfa, que fué su salvación. Los humoristas del lugar habían incluido á Hilario en el censo de animales iniítiles, según su extendido criterio, y así en los breves solaces en que la juventud de ambos sexos respingaba un poco y aguzaba su ingenio en juegos de prendas y acertijos, salía siempre la consabida pregunta: ¿para qué nació Hilario? entre aquellas otras, ¿para qué sirven las moscas? y ¿por qué hizo Dios el cigarrón, ó sea el saltamontes? Hilario, por su parte, tenía también una confusa idea de que debió de nacer para algo sólo que, ó no se había presentado la ocasión, ó no tenía verdaderamente otro fin que beber lo que caía y dormir en el tejar. La misma vecindad de los muertos no había levantado en su ánimo ninguna sombra de inquietud. -Allí se escarranchan- -decía alguna vez mirando la blancura de las vecinas tapias, -allí se escarranchan, y luego vienen aquí ¿Por qué no dicen ahora que si esto, que s i l o otro? ífo llegaba á mi? su filosofía. Los hombres allí, es decir, en la vida, se escarranchan su sabor, venía á ser cada uno una fiera de orgullo, de ambición, de osadía. Luego iban al cementerio, y en la inmensa tranquilidad de aquellas noches estrelladas, los pobres hombres no decían esto, ni lo otro, ni nada íJo eran más que tierra de que se podía fabricar tejas y ladrillos. Y hallaba en este contraste un fondo de justicia suprema, de igualdad inexorable que él allá, confusamente, aplaudía. -Si todos sernos lo mismo, no hay para qué enfadarse. Y tenía para el género humano un afecto inalterable, traducido más bien en una tranquila indiferencia. Positivamente creía qtie los hombres serían buenos, ó al menos mejores, no ocupándose los unos en las cosas de los otros. Es fama que jamás habló mal de nadie ni osó juzgar para bien ni para mal los actos de sus contemporáneos. De noche estábase en la taberna de la plaza hasta que de un empujón lo echaban bajo los álamos. El creía que el empujón era una fórmula necesaria. Y si al salir hecho un odre- -que siempre había almas buenas que obsequiaran, -sentía el papirotazo angelical de la niña del tabernero, un retoño primoroso de algunos siete años, y con su vocecilla de flauta le despedía gritando: ¡Hilario feo; borracho Hilario! el hombre sentía como una frescura celestial que le acercaba á cosas tiernas é inefables que debía de haber en el mundo No se encontraba entonces tan lejos del género humano; sentía como unos grandes latidos de un alma inmensa que lo llenaba todo. Llegó un día en que los humoristas pudieron darse cuenta de qué Hilario había nacido para algo. Estaba en la taberna aquella tarde con la jarra entre los pies y un gran vaso en la mano. Era rico, y derretía