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(BUENO (le cnantiosa fortuna D. Eduardo Calzadilla, tenía fama de ser al jnismo tiempo un hombre ex tremadamento generoso, hasta tal punto, que no se organizaba fiesta de caridad ni se abría suscripción alguna en que no se contase ya de antemano con el espléndido donativo del inagotable filántropo, como le llamaban los periódicos. Kermeses, fundaciones, todos cuantos actos revestían carácter benéfico, en todos era indispensable la contribución del opulento Calzadilla. Kasgos suyos se contaban á (centenares; no pasaba día sin que la prensa se hiciese lenguas de alguna nueva generosidaci del Creso de Burgos; porque hay que advertir que la ciudad castellana tuvo la honra de verle nacer. ¡Quién mejor que Calzadilla para remediar la aflictiva situación de un pobre diablo, cargado de familia, empleado con escasísimo sueldo, y que contaba más obligaciones qae dinero! Así lo comprendió iraestro desventui- ado héroe cuando al hacer el amargo balance de sus penas volvió los ojos á la gran figura de nuestro O e s o El es hombre fácilmente conmovible, se decía; mi historia dura y negra le inspirará seguramente gran interés; mi relato lo acogerá con atención; y sobre todo, si él no me salva con un acto caritativo de los que constantemente prodiga, según dicen los periódicos, bien puedo entregarme á la más absoluta desesperación. Y animado con el recuerdo do Calzadilla, dirigió sus pasos á la espléndida morada del millonario. Aunque éste tenía fama de ser fácilmente visible, el deslustrado traje, la angustiosa cara de nuestro héroe alarmaron á los criados, que después de mirarle detenidamente de arriba abajo y do conferenciar brevemente, se decidieron por fin á dejarle pasar á un elegante vestíbulo, donde estuvo dos horas mortales. Por fin se oyó dentro del despacho una gruesa voz qae dijo: ¡Que pase ese! Y con extraordinaria timidez penetró en la habitación el infortunado Serafín, que así se llamaba nuestro hombre, y se encontró delante del fár. Calzadilla. Alzó éste la abeza al advertir la presencia de Serafín, y Ostezando enormemente, al mismo tiempo que daba golpecitos con los nudillos en la magnífica mesa de despacho, le invitó á que le dijese los motivos de su visita. El pobre Serafín, tragando saliva, sintiendo que sus fuerzas le abandonaban un tanto ante la sugestión del Sr. Calzadilla, comenzó balbuciente y torpe la relación de sus desdichas, escuchada al principio por el filántropo con suprema indiferencia, y después con algún interés. Animado Serafín porque notó en el Sr. Calzadilla señales evidentes de la atención que le prestaba, redobló sus esfuerzos, pintó ya desembarazadanrente su negra situación, la miseria de su fannlia, la enfermedad grave de dos de sus hijos, la escasez de medios para darles una vigorosa alimentación y medicinas: todo un cuadro de horror, frío, (iesesperante y abrumador. El Sr. Calzadilla, ante la sincera relación de aquel hombre, se sintió conmovido; las lágrimas empañaron sus ojos, Serafín al notarlo vio por completo resuelta su desgracia. Efectivamente; Calzadilla, tocando el tinabre, avisó á uno de sus criados. Este es el momento- -se dijo Serafín; -ahora, por lo visto, va á dar orden para que me entreguen algún dinero. Penetró el criado, se inclinó ante el Sr. Calzadilla, y levantándose éste y señalando á Serafín, le dijo: Mira, Ruperto, haz el favor de llevarte á este pobre desgraciado, porque me está poniendo el corazón de tal modo, que siento que las lágrimas nublan mis ojos. Y ya sabes que el médico me ha prohibido la emoción más pequeña. El pobre Serafín salió lentamente, y al encontrarse al pie de la escalera, suspiró con amargura viendo que su tentativa había sido completamente infructuosa. Pero, en cambio, por la noche pudo leer en un periódico: Dando una prueba más de su inagotable caridad, el Sr. Calzadilla h a regalado para la tómbola de esta noche un precioso jarrón artístico de incalculable valor. Rasgos como éste no necesitan comentarios. Por cierto, y esto no lo d i da prensa, que el famoso jarrón á su vez se lo habían regalado en el día de su santo al Sr. Calzadilla. L o i s GABALDÓN