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-Vamoa- -dice la oveute. -algo habrá ustcu dejado por allí. -Ko. -Sea usted franca. La madrileña suspira y baja los ojos, contestando: -Iso hablemos de eso. Con lo cual quiere dar á entender que sí que son tantos ios que la aman L a merienda se verifica ú la sombra de im pino venerable, y asisten la médica y el médico, el cura y su sobrina, el veterinario y el alcaide. Todos rodean á Filo y meten los dedos en la cazuela con la imperturbable gravedad de autómatas, respondiendo á los movimientos de la cursi, que no se ha quitado los guantes. Mira con iiipócrita indiferencia el conejo estofado y los ricos pollos con tórnate... saborea una pechuguita de perdiz y exclama: -Comei- é lo que haya Ya sabemos que no estamos aquí en Madrid. ¿Ko es cierto, papá? El papá asiente con la cabeza y Filo come con verdadera sula, x ero continúa dengosa y preocupada. El médico cree que a (iuella niña i) iensa en algi m amor contrariado, y ¡ayí sólo recuerda el cocido doméstico, el terrible ejército de garbaiizos que la esjiera en Madrid como una plaga devastadora. Como allí la vida es barata, y Filo se siente dichosa desdo su trono, retrasan el regreso á la Corte, y sólo se deciden á eiii render el viaje cuando el frío de (rnadar r a m a y las aguas torrciu- iales do otoño hacen imposible la permanencia en Puertovillanos ¡Precisamente cuando ella m á s agradecía la admiración de aquellos rústicos cuando encontraba más amables los hombres y menos necias las mujeres! E n el momento de la despedida siente infinita compasión por los pobres aldeanos á quienes aliandona. Se cree u n astro de rutilante esplendor que iluminaba con sus rayos la triste obscuridad de la aldea. ¡Dios míol ¿Qué va á ser de esta gente cuando yo me marche? Así piensa, m u y poseída de que su elegancia suprema era de necesidad p a r a! a vida del pueblo ¿Quién la dice en aquel instante que ella no es distinguida ni soberana, ni tiene más brillo que el mezquino resplandor de una luciérnaga en la sombra del campo? Cuando se mete en el tren con su papá, la niña se sienta junto á u n a ventanilla del coche, y puesta de codos en el marco, apoyada cu las manos su cabecita soñadora, ve transcurrir el viaje como fantástica pesadilla, espoleada por ia trepidación vertiginosa á través de las aldeas y los campos dormidos, donde se destacan las torres de las iglesias señalando, como dodos de gigante, el camino del cielo. Perturbada axin por estas q- aimeras, entra en Madrid la niña ¿cursi y vuelve á su pajarera do Chamberí á remondar los calzoncillos de pr. paíto y á cantar romanzas sentimentales j u n t o al fogón, mientras el viento de otoño penetra silbando por los huecos de la vi j? y driera y por las agrietadas paredes. ¡Pobre Filo! A la caída de la tarde pociréis verla en los altos de Recoletos, buscando un banco vacío, apoyada siempre en el brazo de papá, que se deja conducir por la niña como r. n gozquecillo obediente. Cuando encuentran el banco. Filo se sienta en una esquina, y mientras el viejo duerme, ella traza con la p u n t a del pie sobre la arena movediza emblemas de grandezas, de placeres soñados recuerdos de su estancia en el lugarón de la Sierra, donde la admiraban los mozos y se morían de envadia ias infelices labradoras. Y. la niña cursi suspira con melancólico estertor, elevando sus ojos al cielo, que á ella le parece un zafiro. ¡El mismo zafiro que esmaltalia MI dosel cuando era reina de Puertovillanos! DIBUJOS riE AI. BERTI r T J L r i s GONZÁLEZ GIL