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CUADRO VEEANIEGO LA ROMERÍA DE SANTA MARTA DE BABÍO iTüAClósr geográfica: un monteoillo en las encantadas y mal conocidas marinas de Betanzos. Lugar de la escena: los senderos que entre balsámicos pinares ascienden á ese montecillo, y la cúspide del mismo, en que se alza una ermita donde se venera la efigie de yanta Marta. Cuatro Santas existen de tal nombre, y sospecho que la efigie de la ermita no representa á la hermana de Lázaro, la hacendosa que eligió la peor parte sino á la hoy muy olvidada, la mártir española de Astorga que, según él Año Cristiano, tantos templos y capillas tuvo en Asturias, Galicia y el reino de León. Me fundo en la palma que luce, y en que no lleva atraillada la Tarasca. Tal vez una Santa Marta le ha quitado á otra devotos y fiestas. A mil leguas de sospechar tanto así de esto andan los consabidos devotos ¡De algún modo hay que llamarles! Suben la empinada cuesta sudando y riendo; la bajan tropezando, porque el vinillo del país, que envasado en cueros y toneles rodea la ermita como cintura cascabelera de bufón loco, es incompatible con el aplomo de las piernas. Bullen y hormiguean alrededor del santuario, pidiéndole el cuerpo á la mayoría, más que contrición, muchísima juerga. A poco que se mire, adviértese el profano y naturalista desate de las kermesses que pintaba David Teniers. Aunque las romerías mariñanas, y en general todas las de las cuatro provincias van decayendo, algunas, no sé por qué virtud, de año en año crecen, como ésta de Santa Marta, en animación, y LA IMAGEN hasta se acentúa en ellas la nota pintoresca. E s verdad que ha desaparecido la indumentaria regional; que las mozas no lucen sus hieráticos mantelos y sus gayas cofias y dengues; que los mozos h a n trocado la montera con plumas de pavo real por el fieltrón ó la boina; los calzones con botonería de plata por el pantalón encogido, ridículo Sin embargo, bajo la caricatura del traje moderno, persiste el alma burda, maliciosa, crédula, infantil; el alma auténticamente del X V de los Erases y Mengas de égloga, y las costumbres y las supersticiones llevan ese sello, que el aficionado reconoce á primera vista y no sin deleite. Todavía, allá en la cumbre, á donde vamos á trepar con peligro de resbalarnos en la hoja del pino, el quejido agreste de la gaita se une al redoble seco, militar, del tamboril. No lejos aturde los aires un piano de manubrio; entre los árboles chirrían, como cigarras en trigal, los acordeones. Se oyen cantares entonados por voces que ya enronquece, m á s aún que la bebida, la charla retadora y chancera de toda la mañana; y cerca de nosotros repican las sonajas de u n pandero y disuena el maullido triste de un violín. E s u n a orquesta que forman dos mendigas. La una, espléndida mocetona sucia, de ojos y dientes que relucen en la cara morena, color de corteza de pan fresco, lleva en la cabeza u n paño en dobleces, semejante al tocado de las docciaras, y en sus orejas se columpian dorados aros. E s poetisa, improvisadora, y echa coplas de panegírico al que le da una moneda de cobre. Cuando alza el pandero y sonríe, parece u n cuadro la tal mujer. Ciega es la compañera, y fea y humilde; baja la cabeza y rasca su violín con resignación, fundiendo el desgarrador acento de la cuerda y la carcajada de las sonajas. A dos pasos venden molinos de papel amarillo y rosa, globos, rosquillas duras bañadas de azúcar, ó planas y color de chocolate; caramelos pringosos, largos, encamisados en papel con borlita picada al extremo; y, encer r a d o s en u n a jaula, los verderones sabios, muertos de h a m b r e ¡pobrecillos! para que no dejen de hacer su habilidad, esperan á que alguien les pregunte la buenaventura. -i Ahí va la perra grande, pájaro adivino! -El verderón se adelanta, y con el piquito escoge u n a cédula impresa entre m u c h a s Llegarás á u n estado muy dichoso Ganarás u n pleito Desconfía de una persona chismosa H a r á s u n viaje Tu ingenio y tu talento Y mientras lees, el pájaro, saltando de gozo, devora su alpiste. Tapémonos los ojos á toda prisa, que ahí tenemos á u n monstruo horrible: el niño de dos cabezas. Lo trae u n robusto mendigo, encaramado sobre sus hombros. Representa cinco años. El chicuelo enseña su cara fenomenal, una boca al frente, otra de costado; una ranura