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iluriíliendo, y el otro despierto. Porgue Perico (lueiía ne Blas gozase de la futura riqueza. l asaron algunos años. Blas y Peri -o eran ya hombres, y como lo pensó Perico, así fué. JJegaron á ser muy ricos, y Perico llegó á ser muy instruido, y Blas aprendió á leer y á escribir, y siguió durmieiulo (íomo ante. s, no sobre el suelo, sino sobre cama uuiy blanda. Un día que habían salido de caza, al volver, y cerca del pueblo, se detuvieron junto á una fuente á la caída de la tarde. Blas, según su costumbre, se echó y se quedó dormido; Perico, según la suya, quedó despieito, y pensando, pensando siempre Ya tenia oro, era rico, pero algo le faltaba para ser feliz. E n esto vino hacia la fuente, sin duda de paseo, una joven muy hermosa, hija de un rico labrador, y Perico se quedó mirándola. Años atrás, en el socavón, se había encontrado un pedazo de cuarzo con ojitos rehicientes do oro; aciuí se encontraba con una mujer hermosísinuí que no debía ser de cuarzo, y con unos ojos azules que brillaban más que el oro de las minas y las estrellas del cielo. El cuarzo aquél se le había estado clavando toda la noche en el cuerpo; pero Carmen, ue así se llamaba la chica, se le había clavado de una vez en el corazón, y para siempre. Entonces, ella y él representaron una vez más la escena bíblica, con algunas variantes. Perico fué el que sacó agua de la fuente para dar de beber á Carmen, (jue venía muy sofocada del paseo, ó se sofocó sin saber por qué cuando le saludó Perico. A todo esto, el pobre Blas durmiendo. Cuando despertó, Carmen y Perico estaban en pleno idilio. Idilio que no le hizo gracia á Blas; pero ¿qaé remedio? eso tiene el ser dormilón, que se pierden las ocasiones. Los tres volvieron j untos al pueblo, y Blas tuvo sus malicias. De pronto rompió el silencio y le dijo á Perico: -Esta vez no debemos empezar por el boticario, como cuando encontraste el pedruseo de oro. -S o te comprendo, dijo Perico. Y Blas, no como el que dice un chiste, sino como el (jue dicta una sentencia, replicó recalcando la frase: -Te digo que esta vez lo mejor es que vayamos directamente á ver al señor cura. Perico comprendió la idea de Bias; le dio un goljie en el hombro, y se echó á reir diciendo: -Puede ser que tengas razón. Carmen les miraba á los dos sin comprenderles, peio adivinando una malicia. Y el caso oi a que uo le I) arecía mal eso de que Perico y ella fueran á ver directamente al cura. De pronto Perico, qna se había quedado pensativo, se dirigió á Blas y le dijo solenmeinente: -0 -e, P las, cuando yo encontré la niiiui de oro, uc yo fui quien la encontré, ponjuc tú habías pasado durmiendo toda la noche, te di la mitad de mi participtición, y formamos sociedad. Pero la niina i; e he encontrado hr y, es para mi solo, ¿enticndcB? iO supongo, replicó Blas. Todo consiste cu ¡iie me dejes dormir m á s tiein o que antes. Pasaron algunos meses; a boda se hizo; Blas fué aíirino, y estuvo de nniy nuil liumor todo el (lí; t, por (jne sin duda había madrugad. o nuls luc de costumbre. Corriéronlos año Blas y Perii o no eran los granujas risueños del socavón; uo eran los muzos gallardos de la fuente: eran do ancianos. Blas, cumpliendo su destino, se aproximaba á la dicha suprema para él, un sueño muy largo. Perico estaba cada vez más despierto. Blas en su lecho de muerte, empezaba un sueño donde acababa otro. Perico en pie junto á la ventana, miraba al cielo es trellado unas veces y otras veces al pobre lilas. La noche era tranquila, nmy tranquila; el cielo estaba azul, nuiy azul. Para Perico las estrellas brillaban como nunca, y se acordó sin saber poi- qué de aipiellas hojuelas de oro que había visto) i! llar en el pedazo de cuarzo del socavón; de aípiellos ojos azules ue habían brillado aún más junto á la fuente. Ahora las estrellas eran las (jue brillabtm cu la azulada inmensidad. El oro de la mina, él lo había tenido en sus u. iauos, y había sido rico. Los ojos azules los había besado muchas veces, y había sido feliz en esta vida. Pero aquellos luminares del cielo, a uella inmensidad de lo azul, aquellas lejanías de lo infinito, ¿cómo tenerlas, cómo abrazarlas, cómo hacerlas suyas? Y acercándose á Blas, y despertándole sin saber lo que hacía, le dijo con voz ansiosa: -Despierta al menos una vez; ayúdame una vez al menos; yo solo no puedo. Blas le replicó con voz apagada: -Déjame, Perico, déjame: (juiero loscausar; (juiero dormir. ¡lUas sienii) re durmiendo! ¡Perico siempre desj) ierto! tiuién acierta? Josió LClll KiAlUY DUILMOS DE IICEKTAS