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cuando éste le reñía, le contestaba filosóficamente: iMíra tú que para lo que tenemos que hacer y seguía durmiendo. E n cambio, Perico era nerviosillo y despabilado, y por cualquier cosa despertaba, y ya no podía volver á coger el sueño. Estaba siempre pensando y discurriendo; su cabecita era una olla de agua hirviendo; la de Blas era un puchero de manteca fría, y con tanto dormir, cada vez se le cuajaba más la grasa. Además, aquella noche Perico no había dormido bien, porque se le había estado clavando constantemente en el cuerpo una piedrecilla angulosa; probablemente algún trozo de cuarzo. Aquí te pincho, aquí t e corto, ya sobre una costilla, ya sobre otra, en la cadera ó en la espalda, siempre molestando. Bi la piedrecilla hubiera sido un ser vivo ó inteligente, hubiérase dicho que quería llamar la atención de Perico, entablar conversación con él y decirle algo importante. Probablemente, bajo el cuerpo de Blas habría algunas piedrecillas por el estilo, pero Blas no por eso despertaba; las piedrecillas se clavaban en las carnes del muchacho, y tan ricamente; como si se hundiesen en manteca. Al llegar el día, Perico, que ya estaba despierto del todo, se echó á buscar la piedrecilla que tanto le había molestado, y la encontró al fin, y la apretó furioso, diciéndole: ¡Maldita, no me has dejado dormir; voy á tirarte al arroyo! y se levantó de golpe, sacudió sus huesecillos, y dejando durmiendo á Blas, salió del socavón para aplicar la sentencia que contra la molesta piedrecilla había dictado. El cielo era todo luz; el sol era todo fuego, y uno de sus rayos vino á dar sobi e la piedrecilla, como si el rayo luminoso fuese un dedo largo, muy largo, que saliese del cielo y que apuntase á la piedra. Tenía á trechos pegadas unas manchitas doradas que parecían hojitas de oro. Él conocía el oro, porque años atrás una señora, al darle limosna, había sacado del bolsillo monedas de diferentes ciases, y entre ellas algunas del noble metal. No las olvidó nunca Perico. Con que atando cabos, se dio á discurrir, hizo esfuerzos supremos, se le arrugó la espaciosa frente, y al fin y al cabo, en vez de tirar la piedrecilla, la ató fuertemente en la punta de cierto andrajo sucio que llevaba sobre las carnes, ó mejor diclio sobre los huesos, y que Blas y él, de común acuerdo, llamaban camisa. Después despertó á Blas con gran trabajo, porque Blas quería seguir durmiendo. -Tú siempre durmiendo, le dijo Perico. -Tú siempre despierto, le replicó Blas. ¿Y (jué ganas? -Hasta ahora nada. -Pues vamos andando. -Vamos. ¿Y á dónde vamos ahora? -Al pueblo. ¿Para qué? Perico se quedó pensando, se le arrugó más y más la frente, le brillaron mucho los ojos, apretó el bulto que hacía la piedrecilla, y al cabo dijo: -Para ver al boticario. ¿Estás enfermo? preguntó Blas con angustia, acercándose á Perico y ciñóndole los brazos. -No es eso; no estoy enfermo. ¿Pues á qué vamos? -A enseñarle una piedra que he cogido en el socavón. Y además vamos á ver al señor cura. ¿También para enseñarle la piedra? -También. Y adornas al médico, que es hombre El muchacho se detuvo y la miró con curiosidad, porque aquella piedra no era como las otras; y como Perico tenía siempre su espíritu despierto, y aunque el pobrecillo nada sabía, en el fondo de su Ser acaso se agitaban gérmenes de artista ó semillas de sabio, no desdeñó la advertencia de aquel rayo de sol, sino que se quedó mirando atentamente el pedazo de cuarzo, porque cuarzo era en efecto. El había visto otras piedrecillas como aquélla, y aun mucho más bonitas, pero que no eran como aquélla. Porque la que tenía entre las manos estaba como él decía, así como picada de viruelas que sabe mucho. Y además á D. Atanasio, que dicen que es muy rico. Blas hizo u n esfuerzo supremo para comprender qué iban ganando con enseñar una piedra á tanta gente. No lo comprendió; pero como á él le fatigaban los esfuerzos intelectuales, tampoco se esforzó m á s en ello. Se encogió de hombros y siguió andando, comiendo un pedazo de pan que había sobrado del festín de la noche anterior, y m u r m u r a n d o entre bocado y bocado: -Bueno, pues tú s a b r á s para qué vamos allá. Perico revolvía á todo esto en su cabeza una combinación vaga, pero grandiosa; veía oro, mucho oro, un porvenir del color de la moneda aquélla que había visto salir del bolsillo de la señora que le dio limosna cierto día. El boticario, el médico y 1) Atanasio eran los que sacaban el oro de todos aquellos terrenos del socavón, y el cura les protegía á los chicos p a r a que les dieran lo suyo, porque ellos lo habían encontrado, el uno