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I D O R I v I I D O Y IDE SFIE IITO EEico y Blas eran dos chicuelos de pocos años: entre diez y doce. Pertenecían á la misma clase social: la de los desamparados; ni padre, n i parientes, ni protectores. Solos iban por el m u n d o y emparejados, como se emparejan á, veces los animales de ciertas especies, obedeciendo á la ley eterna de la atracción ó de la sociabilidad. Casualmente se encontraron u n día. Uno d e ellos llevaba algunos mendrugos; el otro no llevaba más que su h a m b r e h a m b r e atrasada d e cuarenta y ocho horas, y sus dientes agudos y nueveeitos. Repartieron el h a m b r e y los mendrugos, quedai on amigos, y desde entonces vagaron por montes y valles, aldeas y villas pidiendo limosna, asaltando frutales cuando los encontraban y había fruta que asaltar, recogiendo las sobras de las posadas y los ventorrillos, bebiendo el agua de los arroyos y riendo y jugando con la sublime indiferencia de la niñez. Y a tenían familia, porque cada u n o e r a como hermano del otro; ya tenían protectores, porque en los lances apurados, Pedro era protector de Blas, y Blas protector de Pedro. Se querían mucho y simpatizaban grandemente, quizá porque en nada se parecían: ni en lo moral ni en lo físico. Las cosas y los seres desemejantes ejercen gran, atracción entre sí. H a y en la ííaturaleza y en la vida cierta tendencia á completarse, buscando cada cual en otro lo que le falta. Perico era delgado, nervioso, de ojos grandes y penetrantes, y rostro fino, aunque por lo general sucio. Blas era gordinflón, algo pesado, ojos pequeños, cara mofletuda y sanota, y sucia siempre. E n el fondo los dos eran buenos; tal era su única semejanza. Y se querían con cariño profundo y espontáneo. Caminaban una tarde, cuando ya el sol se acercaba á Occidente, por un valle estrecho y pintoresco. Blas iba delante, más aprisa que de costumbre. Perico iba detrás; de cuando en cuando se detenía y volvía la vista p a r a contemplar la puesta del sol, que era hermosísima. ¡Qué nubes de oro y grana; qué tintas verdosas que subían desvaneciéndose en el azul del cielo; qué caprichosas ráfagas cruzando los resplandores del inmenso incendio celestial! ¡Qué rayos de sol que parecían venir directamente hacia los chicos, filtrándose por entre el follaje de los árboles! Perico, allá en el fondo de su alma, era artista, admiraba lo bello, y p o r eso de cuando en cuando se detenia diciéndole á Blas: KjMira, mira qué hermoso, qué luz, qué colores; ráí sce que se le h a pegado fuego al cielo! No vayss i apiisa, h o m b r e vuelve u n a vez siquiera la Ci z que nunca h a s visto cosa que se le parezca. P e r o Blas n o hacía caso; volvía l a espalda á t o d a s aquellas h e r m o s u r a s ó las miraba en todo caso con el rollizo y peludo cogote. ¿Pero qué prisa tienes? le preguntó Perico. Y Blas le replicó: Que se hace tarde, y de h a m b r e me muero, y quiero llegar pronto al socavón en que hemos de dormir esta noche, p a r a comerme las sardinas y el pan que nos regalaron en el ventorrillo. Las sardinas están m u y gorditas, y las escainaa Íes brillan m u c h o m á s que ese sel que dices; y m á s redondo quo tu sol, es, el pan que nos dieron. Además, ese sol y esas nubes n o m e los como, y y a verás tú con qué apetito nos comemos el p a n y las sardinas. Conque siguieron andando; la tarde siguió cayendo; el sol se hundió, llevándose luces, resplandores y hermosuras, y al cerrar la noche entraron los chicos en el socavón de la montaña, que era su alcoba predilecta e n t r e todas las alcobas de que disponían en aquellos contornos. Cenaron alegre y vorazmente el pan y las sardinas, sin dejar n i migaja de aquél n i raspa de éstas, y aun á veces, p o r recoger de entre la tierra algún resto del festín, se e c h a r o n en la boca piedrecillas y terrones. Luego charlaron y rieron, haciendo comentarios sobre el pordioseo y las aventuras del día, y muy entrada l a n o c h e se quedaron profundamente dormidos, prestándose m u t u a m e n t e el calor de sus cuerpos, aunque ha de confesarse que en este cambio de temperatura salía g a n a n d o Perico, porque Blas era u n admirable edredón h u m a n o Toda la noche durmieron profundamente, como se res á quienes las punzadas de la conciencia no des velan. Y al llegar el día, Blas seguía durmiendo, por que era un dormilón sin rival. A veces dormía catorce y dieciséis horas d e u n tirón, sin que su compañero lograra despertarle. Y