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CL ADEOS MADRILEÑOS Ei. os s liaj muchos en Madrid, muchos. Los hay hasta con sombrero do copa y gabán d e pieles. Los hay senadores vitaUcios y académicos d e la Historia, y cosas así. Sandias h a y menos. L a sandia es melón de agua, como le llajnan por mi tierra; se come y se bebe y sirve p a r a lavarse la cara. Al melón se le ve todo el año, ó bajo su forma de cuourbitáceo en las fruterías, ó durmiéndose al oir l.i Walkyria en su palco del teatro Real. A la sandía no tenemos el gusto de verla m á s q u e d u r a n t e dos ó tres meses, en que aparece por esas calles en montones que parecen acopio de granadas p a r a bombardear la ciudad. A la sandia se la compra sin calarla, hay confianza e n ella; el melón y a es otra cosa, y como no se p r u e b e antes, suele dar díaseos. El melón y el casamiento ha de ser acertamiento, dice el adagio. Bueno. P u e s en este mes de Septiembre, Madrid parece u n campamento, según el aparato bélico de sandías y melones que en esquinas y plazuelas se nos presenta en imponente pila de bolas verdes, que á algún estadista le parecen u n grupo de familia. Los fruteros en g r a n d e reclaman y dicen que los vendedores callejeros les quitan parroquia. Estos expendedores d e sandia y melón suelen ser forasteros, vienen de Albatera ó Crevillente E L M O M E N T O S O L E M N E D E L A f (CALA) ó Aspo Ó Gandía, y aun del mismo Valencia, metrópoli de estas cucurbitáceas de otoño. Sobre cada grupo de melones, ol vendedor roloca u n pedacito de sandía acabado en punta, p a r a que se vea el interior y pueda comprarse á trozos. Y aunque parezca inverosímil, cada uno de estos forasteros melónicos vende en menos de quince días doscientos ó trescientos de sus opulentos frutos. Ko se enojen los banqueros á quienes llaman así los periódicos. Opulencia quiere decir abundancia, riqueza, sobra de bienes. La sandía suele ser merienda improvisada de modistas de taller, de empleados de poco sueldo, de obreros que tienen una hora de descanso. Se come á escote y se sorbe á coro. Se h a observado que el abuso de esta fruta produce enfriamientos de estómago y propensión á la poesía decadente. Dime lo que comes y te diré quién eres. Generalmente, después de una orgía de melón de agua, se escriben versos de esos que ahora privan: De tus ojos como lágrimas azules, al pasar y rozar, y cruzar y llorar. en los tules no se sabe, no se sabe dónde amos, dónde vamos, de tu cósmico magnético frenético mirar, dónde vamos á parar. Una borrachera de melón de Carcagente produjo un tomo de versos qne se han publicado con oí retrato del autor, de color verde, y una dedicatoria á Mallarmé, que se vc iden para engordar canarios. Como en Madrid no hay más melonares que los que se ven en los teatros desde un palco (hay en esta capital, según recientes estadísticas, 223.066 calvos) es natural que los países en que abundan nos envíen sus hermosos ejemplares y durante un mes disfrutemos de hermosas melonadas. Los melones de Ja tierra no se encuentran en las huertas que hay más allá de la Moncloa. H a y que buscarlos en la calle d Alcalá esquina á la de Peligros por la tarde. Todo Madrid llama á tal sitio el melonar, que es centro de reunión de hombres e n a morados platónicos, dedicados durante e n par de horas á pasear muy apretados y á lanzar a l a s mujeres miradas de carnero moribundo. Ellos son, según calificación madrileña que yo no h e inventado, los melones. Pero ¿y las sandias? Las sandías son esas jamonas de treinta y cinco á cincuenta años, que engordan antes de tiempo por el abuso de los garbanzos y el agua de Lozoya, se aprietan el vientje y Se dan los polvos de arroz con u n a brocha de pintar camas, y pasean por el melonar esperando al último Abeiícerraje, es decir, al hombre de bus, nas tragaderas que cargue con ellas á cambio de ocho ó diez mil duros en papel del listado ó fincas en buen uso F O T MCNOZ D E B A E N A BLASCO