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sioiones y que tanta exposición produjo para todos los gustos! ¿No la habéis visto funcionar? Pues no liay mecanismo más sencillo ni más ingenioso. Vedlo: Se mete en uno de los cajones al ministro de Estado y al Nuncio ó á cualquier otro personaje que intervenga en las negociaciones con el Vaticano; en el mismo cajón se coloca toda la documentación oportuna; se da media vuelta á la rueda, las negociaciones suben hasta el quinto cielo; se da otra media vuelta, las negociaciones vuelven á bajar al ras de la tierra L a función se repite cuantas veces se desee hasta que se canse el brazo, ya sea el brazo secular, ya el eclesiástico y la cosa no será m u y práctica, pero los que van en el cajón se divierten los imposibles. ¿Gomo? ¿Qué? ¿No les ha gustado á ustedes el invento? Pues á D. Práxedes le parece la cosa más bonita y más nueva; conque, ¡ande la rueda, hasta que se caiga el eje ó nos partan por el ídem! ¿Y qué. m e dicen ustedes de este otro sorprendente y nunca visto artilugio? ¿No saben de qué se trata? ¡Pues si es la great attraction, le dernier- cri, la cosa más útil y curiosa por diez céntimos! Se trata de lus plumas ren uneradas, preciosísimo ingenio cuyo título no puede ser más sugestivo. Consideren, señoras y señores, lo que e s e l aparatito: Echan u s t e d e s diez céntimos por la hendidura, y ISL pluma remunerada e m p i e z a á moverse y á elaborar lo que se desee: articulo, suelto, bombo mientras dura la cuerda y los diez céntimos. No tiene más que un pequeño inconveniente: que á veces la pluma remunerada escribe lo contrario de lo que se propone el señor que h a echado el perro grande; pero este insignificante alarde de independencia, ya se sabe, no es m á s que uno de tantos tropiezos y defectos de que todos los grandes inventos adolecen en sus primeros ensayos. Por lo demás, el mecanismo no puede ser m á s perfecto ni más original, dentro de la natural limitación de las cosas humanas. Ya ustedes saben cuan antigua invención es la del termómetro, m á s antigua que el ministerialismo liberal de D. José Ferreras. Pues bien; examinen ustedes esa alegre reunión de termómetros celebrada en la segunda quincena del mes que ha expirado. No puede negar nadie que los discursos fueron calurosísimos y que de la reunión no salió nada práctico, según sucede siempre en casos tales. Pero tampoco puede desconocerse la elocuencia abrasadora del leader de la reunión, del acreditado termómetro de Sevilla. ¡Qué manera de elevarscl ¡y qué modo de d. esagerar, señoras y señores! Siempre hemos tenido á los sevillanos por gente dada á la hipérbole; pero de lioy más, ya lo saben ustedes: el más exagerado y fantasioso de todos los sevillanos es el termómetro; ese aparato, que hasta ahora había sido puntual y formalísimo, ya se sabe, en llegando á la ciudad del Betis pierde la cabeza, como un inglés en la Venta Eritaña. Al oirle hablar de sus setenta y de sus ochenta grados á la sombra, los demás termómetros se encogen de columnas, ya que de hombros no les es posible, y exclaman: ¡Vaya una sombra qne tiene el gachó! y patosidad que es el colmo de la alabanza p a r a u n sevillano de veras. Pero ¿qué ruido es ese? ¡Ah, señores y señoras! se me había olvidado otro divino trasto con el que nos hemos entretenido durante el mes: la cuestión del pimentón y el aceite, tan divertida como la del gato y la pastora, que nos solazaba cuando chicos. ¿En qué consiste? Muy sencillo: el pimentón no sabemos aún si pica ó no pica, pero por lo menos, el excelentísimo Sr. Director General de Sanidad lleva mes y medio rascándose, Y aún es más bonita esa otra máquina de destrucción que tanto gusto está dándonos y que pueden ustedes ver en el último lugar de este número: es el cangrejo el espantoso y devorador. cangrejo. No se hace más que soltar las cuñas, y ¡zási! ya tienen ustedes á. dos docenas de individuos espanzurrados. jOh, si el ilustre inventor Guillotín hubiera previsto nuestro actual cangrejo, cuan distinta marcha hubiera llevado la terrible Revolución francesa! ¿Y ese otro arambel que queda? ¡Ah! es u n trasto viejo que cien veces se h a liquidado. No hay gobierno que al saldar sus cuentas no lo saque á relucir: la supresión del Consejo de Estado. ¿Creen ustedes que ahora va de veras? ¡Bah, bah! ¡Tantos años tuviéramos de vida todos los presentes! ¡Aquí no podemos vivir sin Consejo! ¿J- ven No ustedes qxie es el trasto más inútil del baratillo? W. B.