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tirte que esto queda entre nosotros, que nada te he dicho, y que nada sabes; adiós, y prepárate á recibir el aviso. -Descuida, descuida, amigo Pepe- -balbuceó Alejandro, á quien lo violento de la impresión recibida casi embargó el uso de la palabra. -Nada diré; nada me has dicho, nada sé y gracias. No saldré de casa. -Creo que harás bien, porque en estos casos no conviene hacerse esperar. De todas maneras, si averiguo alguna cosa, como espero, te m a n d a r é u n a cartita con u n ordenanza. -Mucho te lo agradeceré. -Adiós, señor ministro. -Adiós, y muchas gracias, Pepe. Y, en efecto, Caralampio no salió de casa en todo el día. Y ahí lo tienen ustedes paseándose con agitación creciente por su despacho; experimentando violentísimas conmociones del sistema nervioso y de todos los sistemas, cada vez que sonaba la campanilla. Y sonó muchas veces. Otras tantas se repitió el mismo fenómeno; oir el campanillazo y sentir Berrugo un sacudimiento como el producido por u n a descarga eléctrica, todo era uno. Pasado aquel instante, el infeliz procuraba adoptar aire digno y sereno y se sentaba con indiferencia en u n a butaca para recibir la carta; esperándola dejaba transcurrir algunos segundos, hasta que no pudiendo dominar su impaciencia, salía al pasillo y preguntaba á voces: ¿No han oído ustedes llamar? Sí, señorito, contestaba la fánaula, era el panadero ó bien el que da cuerda al contador de la luz eléctrica; ó el chico del almacén de comestibles. El pobre Caralampio no almorzó, no comió, pretextando que estaba ocupadísimo, y llegó á la caída de la tarde en tal estado de debilidad general y de excitación, que pensó morirse. I as piernas le saltaban, se engarabitaban sus dedos y le hacían chiribitas los ojos. Las ocho de la noche serían cuando un campanillazo más fuerte que los otros vino á sacar á Hugo de la postración en -ue se hallaba; pero ya no se encontró con fuerzas para levantarse. Palpitaba como n u n c a su corazón, y esas palpitaciones se aumentaron cuando sintió que los pasos torpes de la doncella se aproximaban al despacho. Cuando la vio entrar con una carta, no pudo contener u n grito. ¿Quién h a traído esto? -preguntó colocándose de un salto al lado de la criada y arrebatándole violentamente la carta. -Señorito- -respondió ésta asustada, -la ha traído un hombre con gorra de galón, y ha dicho que es urgente. Hugo no escuchó más; convulso, trémulo, rasgó el sobie, y antes de leer la carta se apresuró á mirar la firma; la firma decía: Pepe. ¡For finí- -suspiró el futuro ministro. Y algo repuesto ya, comenzó á leer la carta, cuyo contenido era el siguiente; Queridísimo y admirado amigo mío: H e prometido á mi novia- -ya la conoces, u n a dama muy cabal- -que le escribirías unos versitos en la tarjeta adjunta. Tu firma famosa no podía faltar en su colección. Seguro de que no le dejarás mal, te anticipa las gracias tu pi imo- -PEPB. ¡Era otro Pepe! ¡Para versitos y para tarjetitas postales estaba Caralampio! Rompió con furia la carta, la tarjeta, y envió á todos los demonios al primo y á la novia del primo, cuyo único delito había sido la mala suerte de formular su pretensión con oportunidad escasa. ¡Cuánta filosofía encierra aquel cantar que oí siendo muy niño á u n a lavandera! tA la puerta de naide no llame naide, porque no sabe naide cómo está naide. A. SÁNCHEZ P É R E Z P D. ¡Ahí Me olvidaba de advertir á ustedes que Caralampio no fué ministro entonces, ni lo h a sido nunca; pero, eso sí, continúa figurando en candidatura siempre que hay crisis.