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EL QÍRP ñP ffVX aralam. pio Berrugo, de la egregia estirpe de los Berrugos de Zamarramalón, se había propuesto ser 1 ministro; como no sabía nada de nada, claro está que se hallaba en condiciones inmejorables para entender de todo, y podía ser ministro de cualquier cosa. E n los comienzos de su carrera, alguien le hizo observar muy atinadamente que para el logro de sus ambiciones eran obstáculos casi insuperables su nombre y su apellido. Reales decretos y reales órdenes con la firma de un Caralampio, no podían nunca tomarse en serio, y un ministro Berrugo vamos, un ministro Berrugo, por m. ucho que valiese, sería hazmerreír en el Parlamento. La ol) serva (úón pareció muy atendible al interesado, y como para éste el amor á la anhelada cartera se sobreponía con nuTcbo al respeto debido al honrado nombre de su señor padre, dio en usar el nombre de Alejandro, que figuraba en tercer lugar en su partida de bautismo, y que juzgó muy adecuado, y de su apellido, en virtud de u n a combinación que estimó ingeniosísima, hizo dos: Hu- go y Ber; con que el buen Caralampio Berrugo liallóse convertido en Alejandro Hugo, y en disponibilidad, por ende- de encargarse de cualquier ramo administrativo. De cómo ói, que era gran tracdsta, se bis compuso para llegar, digámoslo así, á la región de los iguales (y perdone la proPanación el autor de Los Miserables) nada hay que decir. Llegó lo mismo que otros de igual estofa han llegailo. Kl caso es que el nombre, ya famoso, de Alejandro Hugo- -excelentísimo señor don, por de contado, -figuraba siempre en esas candidaturas de ocasión que los reporteros elaboran (cuando hay crisis ministerial) ya con el propósito misericordioso de servir á un amigo pedigüeño, ya con el fin de entretener por algunos días la insaciable curiosidad de los lectores. A figurar en candidaturas fantástiíías liabíanse limitado durante miicho tiempo los triunfos de Berrugo, quiero decir, de Hugo Ber; pero llegó un momento en que las cosas fueron muctlio más adelante. En este momento precisamente conocí á Hugo. L a cosa entonces iba de veras. D. Alejandro figuraba en todas las candidaturas publicadas por los periódicos. lista circunstancia no tenía gran valor para el heredero descastado de los Berrugos, pues de sobra estaba enterado ¿cómo no? de que aquellas candidaturas las había dado él mismo, muy recomendadas, á sus buenos amigos los noticieros encargados de la información política. Pero hiibo en aquella ocasión un hecho muy significativo: Pepe, secretario particular de cierto personaje de gran influencia, fué muy de m a ñ a n a á visitar al eterno candidato. Lo encontró leyendo atentamente la prensa periódica, y después de las salutaciones usuales, solicitó hablarle reservadamente. Cuando estuvieron solos, Pepe, adoptando ese aire de misterio que tan admirablemente sienta en quien v a á dar noticia de importancia, dijo: -Te doy mi enhorabuena; vas á no sé adonde vas; pero sé que vas á alguna parte. ¿Si? -preguntó emocionadísimo Alejandro, ó si lo prefieren ustedes, Caralampio. ¿Cómo lo sabes? -Hombre- -replicó Pepe, -todos los periódicos lo dicen. ¡Ah! -dijo el candidato con dejos de desilusión; ¡bah! los periódicos Y no prosiguió explicando las razones que tenía p a r a darles escaso crédito ¿Y no es más que eso? -Sí- -replicó Pepe, á quien pareció punto de honra, dada su posición, mostrarse más enterado; -sí, sé positivamente, lo he oído, no estoy autorizado para revelarte á quién, pero tú eres discreto y lo adivinarás sin duda; lo he oído- ¿Pero qué has oído, hombre? -preguntó con vehemencia el bueno de Hugo. -Pues que se cuenta contigo; que el Presidente va á llamarte hoy para proponerte que entres en el Ministerio. Yo he querido ser el primero que te dé la noticia y la enhorabuena. Ahora te dejo, y no necesito adver-