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puerta comunicaba su liabitación con la mía; descorrí el cerrojo, y de día y de noche hablábamos, nos acompañábanlos y nos prestábamos pequeños servicios. E l tintero, el jabón, los peines, eran bienes comunes. Viendo á Demetrio salir á cuerpo u n día frío, le propuse mi capa. Yo me arreglaría con el gabán Ahora que recapa (íito y pienso en aquel extraño episodio, comprendo que todo fué culpa de la soledad y el aislamiento, que ejercen una acción excitadora y depresiva alternativamente sobre el h o m b r e habituado á la blanda y enervante atmósfera del hogar. Yo no podía vivir sin la comunicación de los seres de m i especie; padecía la mala enfermedad, t a n peligrosa para el hombre, de necesitar del hombre (como si cada tino de nosotros n o llevase en sí una fuerza propia é incomunic able, una suma de alegría y de dolor que n a d i e puede acrecer ni aminorar) Hoy conozco que, por mucha gente que nos rodee, vivimos solos siempre, hasta cuando nos creemos cercados de pedazos de nuestra alma y de retoños de nuestra sangre. Y esta convicción, manzana del árbol de la ciencia amarga manzana) fué para m í fruto de la aventura que voy relatando, -porque cuando regresé á mi casa en busca de amor y consuelo, encontré en ella el menosprecio y l a cólera mal disimulada, y estuve en ridículo entre los míos, que hablaron de mí con esos meneos de cabeza reveladores de tm concepto de inferioridad y lástima indignada. Volviendo á Fíemetrio Lasús, tanto fué estrechándose n u e s t r a amistad, que le confié todas mis esperanzas. Ko le oculté que empopado ya el asunto q u e en Madrid m e detenía, i b a á recibir u n a suma, plazo primero y mayor de la consignación d e fondos í exigida por la contrata. 1 El día en que la suma llegó á mi poder, Lasús 1 vio cómo la guardaba en m i baulülo- -las llaves de las fondas n o ofrecen seguridad, -y cuando t u v e que salir dije á mi amigo: Voy sin cuidad o p o r q u e usted no piensa moverse de casa. Vaya usted tranquilo m e respondió; y en efecto, tan tranquilo fui, que al regresar ni me cer doré de si estaba allí la cantidad, los fajos de billetes verdosos, mu grientos, sobados, tan gratos, sin embargo, á la vista. Me acosté temprano; Lasús me aseguró que se acostaba también. A m e d i a noche creí oir ruido en su cuarto. Se h a b r á desvelado- i I- d á n d o s e de su linda rubia. Y ca i r. -i. ücí. Amor! ¡Juventud! Qué lindas I- A L. miM. ia siguiente yo tenía que entregar la cantidad. Mo levanté, me arreglé activamente, y ya con el sombrero puesto, abrí sin recelo la maleta Aún recuerdo que m e quedé sin voz: lo que se dice mudo, afónico por comi) leto. ¡No había allí ni rastro de loa billetesl Palpé, revolví con alocados movimientos ¡lí ada! Caí al suelo acogotado. Me encontraron roncando una congestión. Me acostaron, me sangraron, muclio derivativo El médico dijo que salvaría pero ¡cuidadito! Si se repitiese- -Y así que p u d e hablar, preguntar, armar alboroto, -risas irónicas m e contestaron. ¿Pero á quién, á no ser á usted, santo varón, se la da Lasús? ¿Quién no sabía que era un jugador de oficio, un tahúr eterno y sempiterno? ¿Por qué se hace usted uña y carno de un liombre así? ¿Quién le mandaba intimar con él, y ni siquiera cruzar palabra con los demás huéspedes, gente honrada y formal? ¿Y so ha tragado usted lo del destino, y lo de los amoríos, j todo? Y como yo, furioso, hablase e tribunales y jueces, la bigotuda patrona añadió: -Sí, cítele usted ante el Padre Eterno ¡Han traído los papeles que á la salida de la timba se pegó u n tiro y quedó redondo! Se conoce que perdería en una noche toda la guita de usted Sin poderlo remediar- cui (lado que soy majadero! -perdoné al alma atormentada y crispada del pasional incorregible que me arruinaba y me desconceptuaba para siempre. E M I L I A PARDO B A Z Í N DIBUJOS DE MÉNDEZ ÜRINÍíA