Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
P a r a llegar al eminente df) niini j d e sí mismo y ai seguro aplomo, qiie eran sus cualidades características, no basta p jseer facultades intelectuales y físicas maravillosas, claro criterio, libertad d e espíritu y confianza en sí mismo, ningún apasionamiento ni prejuicio profesional, entereza de ánimo, seguridad üa pulso, perspicacia d e vista: liace falta además ser, como era D. Federico Eubio, hombre superior, acostumbrado á ver cosas nmy grandes, connaturalizado con el espectáculo de los sufrimientos humanos, y lo que e s m á s difícil, n o encallecido por este espectáculo visto día tras día: es menester ser, c o m o él era, u n filósofo, a. ostuudirado á manejar y disecar las i leas como disecaba y manejaba los tejidos enfermos, y á cortar por lo sano las preocupaciones, como cortaba, cuando era menester, los miembros invadidos por la gangrena; es preciso, en suma, ser tandjién, como era I) Federico, u n poco artista, u n poco poeta por dentro, saber apreciar la belleza d e lo bueno y estimar la caridad con el prójimo, n o y a sólo como cumplimiento d e u n deber impuesto por la austeridad de la moral preceptiva, sino más aún: como satisfacción de m i apetito estético, de mi afán d e hermosura sentimental. E n la cara se le conocía. S o era la figura de D. Federico Rubio d e acp. iellas pie se olvidan, se desvanecen ó se borran d e la memoria. La suya era la figura hermosa y venerable del sabio tradicional, del sal) io eterno; el suyo, el semblante enérgico y al par bonuadosísimo que los más grandes pintores del mundo han dibujado para representar al Creador. Os veíais delante do D. Federico Kubio empequeñecidos y anonadados: tanta era la majestad reposada y grave de su rostro y de su apostura profética. PensaE L D O C T O R R U B I O E N S U GABI ETE UE I R A t i A J O bais e n la. edad que tendría aquel anciano, y no so os hacía nmcho creer U 0 ludiría vividíj cuatrocientos ó (juinientos años, como los patriarcas de la Biblia. Y, en efecto; los había vivido, si no á lo largo, sí á lo ancho, pues cada año del grande hombro representa diez, doce, veinte, ciento de las existencias vulgares y ruines de los que nada bueno n i útil hacen ó se dedican á bajos y mecánicos menesteres, ¿tluién es capaz d e enumerar los dramas d e la vida, las tragedias del organismo, herido ó degenerado que en tantos años pasarían por ante los ojos del anciano doctor? ¿Y quién odrá calcular los sedimentos (juo en su privilegiado cerebro y en su corazón r compasivo irían dejitndíj aquellas series inacabal les do ajenas desdichas, de acerbos dolíjres? Si con razón se h a dicho cpie los santos d e h o y son los sabios btienos, el tipo del santo moderno era esto b. oml) re, que á la sabiduría y á la bomUul consagró su vida entera. I jemplo de u n a rectitud y de u n a severidad intachables, fué v- i excelente ciudadano que puso al servicio d e sus ideas políticas todo el talento que P Í O S le hal) ía dado, y á ellas sacrificó su tranquilidad y sus medros personales cuando creyó la ocasión llegada, iíospués xió que se iiabía equivocado y que su excursión al través de la política no había sido más que una aventura más del Ingenioso hidalgo por las peladas estepas de la Mancha. Tornóse desengañado á sus bisturíes y á su gabinete de estudio, y no volvió á pensar que eran señores feudales los venteros, ni gigantes los molinos de viento de la política española. Desde entonces se dedicó á su grande y humanitaria obra de la fundación del Instituto de Terapéutica operatoria. Tropezó con no pocas dificultai o. x EEDEBICO EUBIO E. -LA INTIMIDAD; CO. MIBNDO CON su FAMILIA v DISCÍPULOS O T V. C E E S