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nevería ó un puesto de agua, que en medio de los arrecifes los hay en todos lados, con sus botijos de agua fresca, sus macetas de albahaca larga y sus adornos típicos de bolas de metal huecas. Y allí, sentándose al aire, hay ocasión de refrescarse con agua y panal (el azucarillo madrileño) y con sorbetes, ó de beber u n café ligero de color que no quita el sueño, y más generalmente media copa de aguardiente, que sirve de apeiitivo para concluir con la cena de pedacitos de pescadilla ó de saldaos de pavía que se trae el propio consumidor en un cartucho de papel de la freiduría más próxima. En estas tertulias abunda mucho el mujerío de los barrios, y á lo mejor, en cualquier parte, se arma una fiesta de seguidillas, castañuelas, palmas y tangos, que arde. Pero el lugar más frecuentado por la gente del pueblo y más animado por las noches, es la Alameda de Hércules, donde h a n colocado desde hace dos años una infinidad de puestos de agua, de cafés, neverías y aperitivos, muy lujosos, y algunos con música de guitarras, y al final un café cantante, como los de la Puerta de Triana y del Prado, donde hay comparsas de viejas ricas, con sus batas y sus gorros de borlas, y los vecinos de aquellos barrios los llenan todas las noches, como llenan también el Cinematógrafo y el teatrillo del Prado, dejando el teatro de Eslava para la gente encopetada, que tampoco lo frecuenta mucho, pues hasta va encontrando preferible á la tertulia en la puerta del casino, su paseo en tranvía y su estación en los aguaduchos de la Honda, en la cual también se hallan los puestos de higos chumbos, con su colgadero de tallas, de agua fresquísima. UNA CALLE E N T O L D A D A Mas la antigua costumbre de bañarse en el Guadalquivir, que era el complemento del veraneo en Sevilla, está ya casi perdida, conservándola sólo en parte la gente del pueblo. H a n desaparecido los cajones, que eran unos baños notantes colocados en la orilla del río, al lado de San Telmo y del puente de Triana, donde se bañaban la mayor parte de las familias que hoy se van á los puertos. Actualmente sólo quedan los baños populares de la Puerta de la Barqueta, donde no hay casetas para vestirse y desnudarse, ni cajones para bañarse, nadando. Los hombres por las mañanas y por las tardes, y las nmjeres por la noche, se desnudan y se visten en la orilla del agua, y después de pagar cinco céntimos por u n taparrabos, y nada el que lo lleva consigo, se echan al río, y allí se zambullen, nadan, juegan, gritan y se ungen con fango todo el tiempo que les da la gana, al cuidado de u n buzo muy gitano, de patillas blancas, que paga el Ayuntamiento, y que está al quite del que va á ahogarse, y de un municipal provisto de una vara, cuya misión es impedir que los bañistas se salgan del ceríto marcado por una valla de estacas de madera. Y así es el veraneo en Sevilla. Y así se pasan aquí nixiy bien los cuatro meses del verano, sin necesidad de irse á la costa de Cádiz, teniendo precisión de llevarse por delante la caiña y los colchones, por lo menos, porque en estos puertos tan modestos no liay fondas para tanta gente, ni gente para gastarse el linero en fondas, y los veraneantes, que lo son hasta las modistas y las cigarreras, se meten en cualquier p a r t e de huésped en la casa de u n desconocido, que no ofrece más que las habitaciones peladas, y si acaso una hornilla en la cocina. C Á E L O S I) EL RIO L O S B A Ñ I S T A S DEL GUADALQUIVIR r O T S V. NOGALES