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ae r vs p no nMU o (LOCReNCOfN principios de Junio comieuzan eu Sevilla los preparativos para la vida de verano, emprendiéndose la faena que aquí se llama to mudanza, y que consiste en trasladar en u n par de días todo el menaje del piso alto de la casa á la planta baja, durante el invierno abandonada, húmeda y fría, pues el patio, que en verano es una gloria, en los meses invernales signiflca tanto como tener metida la calle dentro de las casas, donde, en serio, se siente mucho más el frío ijue en las habitaciones de Madrid. Se baja todo, empezando por la cocina y concluj endo por los dormitorios, y la vida toda de la familia se desarrolla en el patio. El velero, que es in marinero ó u n pescador de Triana que se presenta en las casas en los últimos días de? vlayo para colocar la vela, que es el toldo de lienzo que ha de cubrir el patio durante el verano, significa para los sevillanos el primer anuncio de que la canícula se aproxima y de que hay que prepararse. El velero y las velas que en i Iayo comienzan á entoldar las calles céntricas donde están el comercio y el mayor tránsito á darlas sombra y frescura, hacen pensar en seguida en la mudanza, y la nmdanza no se efectúa hasta que se ha colocado la vela. Entonces ya queda el patio en condiciones de defensa. Por las mañanas, después que las criadas han aljofifado las losas de mármol, dejándolas blancas y relucientes, y regado las macetas, se corre la vela, se cierra la puerta de la calle, y ya está el patio completamente aislado de la atmósfera de fuera, que achicharra. Al abrir la puerta de una casa sevillana, llegando á mediodía í e la calle, tin ambiente fresco, una luz tibia os envuelven en una sensación consoladora de inefable placer. El patio es plácido, el patio es silencioso, mantenido siempre en una iluminación suave de penumbra, en una frescura subterránea, que conserva la lozanía y el verilor jugoso de las macetas de palmeras y de yames, de colocasias y de chameroyes, de vegonias y cactus, cuyas hojas son á veces movidas por un airecillo sutil, que también mece los tiestos desbordantes de enredadera y las jaulas de canarios y jilgueros que penden del techo de las galerías de columnas. Y en el patio encontraréis siempre á la familia sevillana meciéndose suavemente en las butacas de rejilla, al compás del abanico; ellas, nuiy vaporosas, con sus batas blancas ó de colores claros, desnudo el cuello y el antebrazo, entretenidas con el libro ó con la costura; y ellos, á veces, en mangas de camisa, dándose aire con una cola de pavo. Y así se pasan el día, oyendo el canario y el jilguero ó el surtidor de la fuente, donde la hay; á ratos charlando, á ratos entornando los ojos y doblando blandamente la cabeza al arrullo de la siesta, en medio de un abandono, de una flojedad de cuerpo y una pereza de inteligencia de país y de raza orientales. Este es el patio de Sevilla, El patio que retrataron los Quintero en su aspecto cónrico, que no ha gustado á muchos sevillanos porque se les ha ocurrido estimar ridículo lo que es aquí tan natural y tan corriente como que el novio se pase en el patio la siesta pelando la pava, y llegue del pueblo la familia de la criada, y entre el vendedor de todos los días á las mismas horas, y el melonero que cala los melones y las sandías, y el pobre- -cuando los había- -que deja la piierta abierta para que entre el calor si no le dan nada, y la gitana, en fin, vendedora de ropas y de alhajas, que desparrama su lío por el suelo y se lleva todos los trapos de la casa y dinero encima por dejar una tira de encaje ó una vara de percal. Por las noches, la población que estuvo todo el día solitaria, guarecido el vecindario en las casas, se anima de repente. Los sevillanos, casi todos, se salen á la puerta de la calle á sentarse sobre el escalón del umbral é en las sillas sacadas del patio. Y asi en todas las casas, porque, en las que no salen las señoras, por si es de mal tono, salen las criadas, y llegan los novios, y en dos barrios principalmente, las aceras se llenan, y los hombres en mangas de camisa, y las mujeres con cuanta rnenos ropa pueden, se plantan con sus asientos hasta en medio del arroyo, y allí mismo duermen muchos, sobre u n mantón ó u n a zalea, porque ya en el patio de los corrales no hay sitio, y en las habitaciones es imposible respirar y no dejan dormir los mosquitos. H a s t a las doce ó la una de la madrugada, los arrecifes de la Eonda, especialmente en las puertas de la Macarena, de Osario, de Jei ez y de Triana y de. la Carne, y en el Prado dé San Sebastián, donde en Abril se pone la feria, están concurridísimos. La gente que en busca de fresco pasea en los tranvías de circunvalación, cuyos motores arrastran unas jardineras sin techumbre, completamente al aire, se detiene en el lugar de la Ronda que mejor le parece, y siempre encuentra á mano las mesas colocadas á la puerta de una taberna ó un cafetín, una