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B: I i iRio Á 2; UI I KA blaiu como una vara de nardos; en la piel satinada- de su cuello y de sus m a n o s se dibujaban V vagamente unas celestes -enas, y era su frente tan pura y sus labios tan finos, que al verla pasar sobre la verdura florida de los campos, serena v fría como una Tan azucena inmaculada, más parecía visión mística que mujer de carne v hues ¡racia- -Gracia se llamaba- -no tenía arriba de diecisiete años. Se crió sin madre, como las plantas de su heredad, y corría jjor sus venas de virgen no sé (pié resplandores de un drama íntimo y desconocido. Siempre he visto nacer las más bellas flores en los i) edazos de tierra donde hubo fuego. Aíiuel blanco lirio incomnovible aseaba i) or última vez su serena corola por la majestad de los campos. Fasaiia la priniavera fecunda y el estío ardoroso, y allá en los días en que las hojas caen con tristeza otoñal, las puertas. del convento se abrirían j) ara recibir el lirio y encerrarlo para siempre en el tranquilo claustro. Un vago aroma anticipado de incienso envolvía acjuellá figura ideal de labios tan puros y de ojos tan bellos. Y al ver aquella frente jamás obscurecida por la sombra fugaz de una nube ni de un sueño, me atreví á decirla un día, junto á la fuente que una adelfa florida y amarga sombreaba: (íracia, nú auúga, ¿tú, con qué sueñas? -Sueño- ¡así Dios me salvel- -con un niño precioso tendido sobre la cruz y coronado de espinas- -Ah, virgencita mía; para alabar tu belleza no puedo decirte lo que á otras mujeres para ti sólo se me ocurren cosas ya olvidadas: rosa mística, torre de marfil, casa de oro. Fué aquella noche, fué aquella noche- ¡asi I ios me salve! como ella dei: ía; -la luna bordó con rayos de plata el obscuro bosque de robles y de encinas; una expansión inmensa de la gran fuerza germinativa llenó el aire de aromas, de divino polen, de intensas energías creadoras Todo florecía en el seno dulcísimo de la hosa Noche. Los ruiseñores entonaron su admirable canción de amor al borde de los nidos, donde con el latido de un corazón maternal y fecundo, el gran misterio de la eternidad de la vida se realizaba; lanzaban también los pavos. reales su adusto grito de celo, mo iendo s u s c o l a s azules entre el ramaje del encinar, y allá, como otro gri. to, lejano que venía acercándose, la gaita pastoril esparcía sus sones tiernos, Innnanos, insinuantes y querellosos, como la trova int: ierta del amor primero. A ia luz de la luna, ante la casa rústica que las madreselvas abrazaban, cantaron y bailaron espoleados por el soplo primaveral ¡Era la juventud, era la vida! Y Gracia oyó con el encanto de lo nuevo y absurdo la charla insustancial, pero divina, de aquel deudo arrogante, cuyo cal: allo resoplaba á do. s pasos de allí, herido también por la misma flecha Y aquel blanco lirio se estremecía al contacto de la desbordante salud, de la soberbia vida, dominadora y rugiente y pareció entender algo, de n n modo confuso y ciego, de aquel desesperado grito de los pavos reales y de aquella endecha altiva y sagrada de los ruiseñores. Poco tiempo después nos. vimos junto á la misma fuente, bajo la misma adelfa florida y amarga. Gracia, mi amiga, ¿con qué sueñas ahora? -Estás triste, estás pálida Tus ojos de virgen han llorado. -S. ueña con el mismo niño... pero ha crecido- ¡a s í Dios me s a l v e! -h a crecido, y le veo pasar todas las noches por mi alcoba incensada, sonriente, amoroso, coronado de rosas- -Ah, mi bien; entras en la vida. Ko te pese. El lirio blanco ha recibido la oleada de sangre; sobre el trozo de tierra incendiada apareció la flor; ahora ya eres algo nuestro; ya no eres blanco, eres azul Y allá, á lo lejos, nos pareció que huía eí tranquilo claustro, ¡a nube de incienso, el acorde del órgano teinbloroso; nos miramos en la fuente, y nos vimos fugaces, radiantes, conmovidos por una alegría intensa, líji nuestros labios quedaba la amargura fecunda de la adelfa florida Sobre el campo quedaba, enhiesto y admirable, un lirio azul, un lirio azul J O S É NOGALES DIBUJO DE REGIDOR