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RÍ habló caminando hacia Perusa Francisco el fundador á u n compañero; Hijo amante de Dios, hermano mío, oidme atento. Quien por gracia viste nuestro burdo saj- al, aunque lograse contar los astros y fijarles rumbo, descubrir las virtudes misteriosas d. e las aguas, las plantas y las piedras y traducir lo que la fiera ruge ó lo que alegre pajarillo canta, n o por eso diría: Ya satisfecha está la ambición mía. Continuó caminando y dijo luego: Hijo amante de Dios, h e r m a n o mío, oidme atento. E n n u e s t r a humilde Eegla, si alguien hablase todos los idiomas (le la tierra ó robase sus tesoros de saber á la bíblica escritura y á las sentencias de los Santos Padres, y de los mismos ángeles pudiese adivinar los altos pensamientos, no por eso diría: Ya satisfecha está la ambición mía. Tras u n a pausa habló de esta manera: Hijo amante de Dios, hermano mío, oidme atento. Si el indigno fraile sanar pudiera al mísero leproso, dar al tullido agilidad y fuerza, ó iluminar del ciego las p- apilas; si al eco de su voz los corazones más duros, más helados, más rebeldes se derritiesen en amor á Cristo, no por eso diría: Y a satisfecha está la ambición mía. Anduvo u n rato y prosiguió diciendo: Oid, oid atento, hermano mío: Si al llegar á Perusa nos recibe en actitud hostil la muchedumbre, y escarnece estos hábitos y arroja á nuestra faz el lodo de la calle; si no basta á su cólera el silbido y la injuria soez, y con sus golpes nos derriba en el suelo moribundos entonces ¡qué alegría! satisfecha veré la anrbición mía. Surgió á lo lejos la ciudad, y el Santo en u n agrio repecho se detuvo, contemplando á su amigo fijamente. Todo callaba; el agua por su cauce corría sin rumor, y entre los robles dejaron de piar las golondrinas. En el silencio aquel una pregunta parecía latir El compañero, sin dudar u n instante, miró al maestro y exclamó: ¡Adelante! ElCABDO G I L