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por meterse á redentor, poniéndose del lado de los atropellados aunque no les conociese y lo fueran por la propia autoridad y en medio de la calle. En cuanto Perico d Justiciero se enteró del lance, que fué á los pocos minutos de concertado, y de la causa que le motivaba, protestó de él; puso de vuelta y media á los padrinos por su inhabilidad v á los demás amigos por tolerarlo, y no tuvo otros tantos disgustos, gracias al entrañable cariño que todos le profesaban por su leal corazón e infantil sencillez. Fué á ver á los desafiados repetidas veces para hacerles iesistir de su propósito, y escuchó de ambos la misma respuesta: que si, que era muy triste el caso: que se querían, pues una tontuna no iba á destruir el afecto de quienes no se habían separado desde la niñez, pero que era imposible, totalmente imposible evitarlo, porque el suceso se había hecho público, y no tenían más remedio, j) or su nombre v su decoro, que cumplir las fórmulas sociales Yo creo que Perico el Justiciero llegó hasta avisar á las autoridades para imnedir el lance pero loo- ró io- ual fortuna. i s o Sm embargo, no cejó en su empeño; dirigióse al teatro donde á la mañana siguiente se verificaría el encuentro, y no sé lo que habló con el conserje; lo cierto es (jue la conferencia duró más de una hora, y que al terminar exclamó Perico estrechando su mano: -Yo no puedo consentir que se maten por nada dos amigos de toda mi vida. A la hora indicada aparecieron en el escenario los dos rivales acompañados de los pa (h- inos y de dos médicos con sus aterradoras cajas de operaciones. Un lacayo dejó sobre la concha del apuntador el estuche de las espadas. Aunque la sala parecía solitaria, me consta que ocultos detrás de las cortinas de los palcos estaban varios compañeros, no pocos aficionados á la esgrima y quizás alguna de esas damas aristocráticas que ponen en juego todas sus influencias para tener un buen puesto en los espectáculos de sangre Cayeron en guardia con la mayor serenidad ambos combatientes; adelante, caballeros, dijo con firme voz el juez de campo; y en medio de un frío silencio que sólo turbaba el choque de los aceros, se verificó el primer asalto, gallardo, valiente, caballeresco, sin que lograran ak: anzarse. De repente, del centro del terreno marcado brotó una llamarada verdosa coronada de grande humareda, y (lespués otra, como si se hubiese abierto un volcán á los pies de los combatientes, los cuales, á pesar de su demostrada sangre fría, se sobrecogieron de terror, lo mismo que los pa (ü- inos y los médicos. Por entre las cortinas de los palcos asomaron varios rostros espantados; en eí fondo de una platea resonó un grito t e m e n m o Mientras tanto, y envuelto en nueva humareda, surgió el propio Meficto, tal v como se presenta en la preciosa opera de Arrigo Boito. r Teneos- -dijo interponiendo su espada entre los duelistas. -Ya ha visto la sociedad que sois unos valientes; demostradla ahora que no sois unos rufianes; y aprovechando el instante de estupor general, cogió con su mano derecha las de andjos combatientes, mientras con la izquierda arrancaba la máscara que cubría su rostro, ¡bra Perico! Un aplauso prolongado resonó en la sala; los padrinos se miraban unos á otros sin saber qué determinación tomar, hasta que uno de ellos, apoderándose de las espadas, dio el uuu e por concluido. Aquella tarde, la misma sociedad que el día antes parecía gozarse en el conflicto, celebraba la inesperada y teatral solución dada al desafío por Pedro Eamírez, que desde aquel instante consolidó su honroso mote de Terico el Justiciero. ¡Alguna vez había de hacer el demonio una cosa buena! E L SAS J RE D E L CAMPILLO DIBUJOS DE ANDRAOE