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KI OI ABI O BUKMO I 1. motivo no piulo se más fútil: ana indiscreción de cierta mujer galante; una ilispnta acaloraila en e! ser café entre iloí jóvc renes irascibles; cuatro bofetadas, un escándalo inayi isculo y una grave cuestión de iionor planteada ante la sociedad por la triple circunstancia de ser los contendientes militares y gozar fama de valientes y espadachines. Para mayor desgracia, apadrináronles cuatro muchachos entusiastas como ellos de la esgrima y acérrimos partidarios del desafío, los cuales, en vez de orillar la cuestión hábilmente de una manera favorable i) ara la dignidad de sus apadrinados, la cojnplicaron en la primera (conferencia recabando mutuas explicaciones inadmisibles por ambas partos, que hicieron necesaria la solución en el terreno de las armas. Iso so anduvieron, pues, con repai- os, y concertaron el duelo en las condiciones jnás duras: espada francesa á todo juego y tantos asaltos como fuesen necesarios hasta que uno de los contendientes quedase gravemente inutilizado; los asaltos durarían cinco minutos, sin abonarse el terreno perdido. La noticia se recibió en los círculos y tertulias, donde todos los personajes del desafío eran conocidos, con gran expectación y mal disimulada alegría; por todas partes oíanse parecidos comentarios: ¡Gracias á Dios- -exclamaban los viejos animosos, célebres por sus pasadas calaveradas y legendarias proezas- -que va á celebrarse un lance serio, de nuestros tiempos, el cual vendrá á reverdecer los prestigios del duelo, caído en el ridiculo por las modei- nas mojigangas! Será un asalto interesante decían los discípulos de las salas de esgiima. Así vei- án los que nos han calunniiado cómo las gasta el Ejército apuntaban los militares. A alguno le cuesta la pelleja apuntaba éste. Se van á dar de firme prorrumpía aquél. Son dos valientes afirmaban unos. Son dos matachines murmuraban otros, y todos estaban acordes en que el lance no iba á ser una de tantas pantomimas como se representan á diario en el campo del honor. La causante de todo estuvo aquella noche en la cuarta de la Zarzuela, más em ei il ollada y tentadora que nunca, orgullosa de su obra, llena de júbilo porque dos jóvenes distinguidos iban á concederla el honor d e matarse por ella á la mañana siguiente. Su palco fué un jubileo do jóvenes y aun de viejos elegantes que iban á felicitarla. jS adie discutía el motivo, ni mucho menos le encontraba pequeño y deprimente; ¿lo exigía a. sí el Códiijo del honor? Pues no había más que hablar; y sobre todo iban á matarse, con grandes probabilidades de conseguirlo, dos jóvenes de carrei- a, hijos de familias respetables, y cuya desgracia llevaría la angustia á dos hogares tranquilos y honrados, y esto era un suceso sensacional que no se da todos los días. Hasta las autoridades parecían ¡atrocinar el acto con su indiferencia, y eso que los periódicos le anunciaron de esa manera misteriosa y cabalística, acicate de la curiosidad é incentivo de la emoción: Asegúrase- -decía un diario- -que entre dos jóvenes de la mejor sociedad madrileña hay pendiente un lance de honoi cuyo desenlace se desarrollará mañana en el escenario de un coliseo por donde desfiló este invierno la corte de Napoleón. -n Todo el mundo descifro el enigma, menos la autoridad. En medio de esta aquiescencia oficial y pública á tan triste espectáculo, sólo se levantó una voz de protesta, la de Pedro Eamírez, joven abogado, andgo intimo de los duelistas y compañero de tertulias y diversiones, hasta el extremo de ir siempi- e juntos, y á quien llamaban Perico el Justiciero á causa de su amor exagerado á ia equidad, que ya constituía una chifladura, la cual le valió no pocos disgustos personales y juicios d e faltas