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¡Cuántas dudas, qué tristes reflexiones en confuso tropel mi mente asaltan al pisar este polvo que sepulta la religión y el culto de otras razas! ¡Lo que ayer fué piadoso santuario, albergue de la fe, luz de las almas, hoy el viajero indiferente cruza y el Arte sólo del olvido salva! Ya la tarde oncluye. lientamente se h u n d e el rojizo sol tras las montañas, y las opuestas cimas del Himeto envuelve en una luz tenue y rosada. El mármol de estos muros seculares también se irisa con reflejos grana, y parece que flota en el espacio, teñida en oro, transparente gasa. Abajo, la ciudad nueva se extiende, rectas sus calles, espaciosa y blanca, agrupándose en torno de la ciiua y ceñida por campos de esmeralda. Al otro lado, el golfo de Sarónica semeja espejo de bruñida plata, y, cual beso de amor, su fresca brisa hasta los dioses llega embalsamada. Kl cuadro es imponente y melancólico, la atmósfera serena, dulce y clara; tierra y (délo, paisajes y ruinas respiran majestad, silencia y calma. ¡Con jué placer, sunndo en mis tristezas, ac uí la negra noche yo esperara, hundiendo nú pupila en los espacios y mi pie en esta tierra venerada! on entre fusleí de cdluiimas ro en mármol del l entélico labru hace rato camino silencioíío, incierto el paso y oprimida el alnu; ¡Cuánta desolación, cuánta ruina! Mi vista, que con pena en torno v ¡desmantelados pórticos y templos únicamente á distinguir alcanza, y dentro del recinto consagrado á los dioses olímpicos, la planta ni un paso puede dar sin que profane y pise alguna piedra cincelada, en la cual el artista puso un día su genio, su entusiasmo y su esperanza. Allí se eleva un templo á! a VU: TORIA que el griego altivo concibió sin alas para que no volase de su lado; aquel otro (pie esbelto se levanta sobre elegantes jónicas columnas y rígidas cariátides, de P A L A S fué la augusta mansión; aípü contemj) lo de los PKOPÍLEOS la gigante masa, y allá en el centro, dominando el cuadro, grandioso el P A K T K X Ó S SUS restos alza. Todos ya mutilados y maltreclios, perdidas las efigies y las aras, ¡sombras no más de su anterior grandeza! ¡mudos espectros de la edad pasada! Pero aun rotos, desiertos y vencidos, sin frontones, sin frisos, sin estatuas, ¡qué nobles, qué severos, qué imponentes sus contornos purísimos destacan sobre este cielo azul que reverliera iluminado por el sol del Ática! Quiero sentarme aquí. También estrago, ruina y desolación mi pecho guarda; pero aquí mi dolor se empequeñece, esta tumba gigante me anonada, y ante la muerte de los mismos dioses la pena de u n mortal se alivia y calma. Pero es fuerza ¡artir. Mudo y absorto empiezo á descender la. suave rampa, y abandono el recinto de Minerva incierto el paso y oprimida el alma. C. vxnino l í P I Z MARTÍNEZ DHÍÜ. IO U E (GASCÓN