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E había quedado dormido como un f ronco ij aJ de los más soñolientos, con la imaginación llena de letras y el pensamiento én Blanco. Blanco es el tendero de comestibles que vive debajo de mí, ó mejor dicho, en la planta baja de mi casa; porque realmente entre él y yo hay una sombrerera. Madame Panieliére creo que se llama la tal. Pero esto no hace al caso. Yo me dormí pensando en lo poco que produce la literatura, mientras Blanco, que hace tres años se estableció, vive hoy como un príncipe, vendiendo bacalao de Püentesaúco y garban os de Escocia, ó viceversa; y me dije dando cabezadas: ¡Lástima no poder abrir una tiendecita de ultramarinos, para mandar á paseo quintillas y romances y pasar la vida cobrando cuentas, que es mejor que cobrar cuentos! Yo era competidor de Blanco en manejar cuartillas. Las suyas eran de aceite, de alubias, de arroz, de mil artículos. Mis cuartillas también contenían artículos; pero mientras á Blanco le sonreían las lentejas y le regocijaban las latas, á mí las latas me molestaban y no había legumbre poética que tuviera la amabilidad de sonreirme. El sueño fué delicioso. Acababa de inaugurarse mi establedimiento, en cuya puerta se leía este rótulo: L A GLOBIA. Sobre cada saco, sobre cada pirámide de conservas, sobre cada cajón de higos había yo puesto un anuncio en verso. Recuerdo el del bacalao, que decía así: Prueba que este bacalao es legítimo de Escocia el que desx) ués de comerlo queda escociendo la boca. Y el de la longaniza, que era por este estilo: i Arrugada y fea estoy, y por fuera un chasco doy á todo aquel que me guipa; ¡pero comedme sin tripa y veréis qué rica soy! Yo era feliz en mi tiendecita nrodesta. Estuve mucho tiempo cortando el bacalao, cosa que siempre agrada y hasta enorgullece. Los fideos, enlazándose espontáneamente en forma circular, m e tejían coronas de pasta italiana. Los congrios en escabeche me recordaban constantemente á varios personajes muy conocidos. El tráfico de la miel y del azúcar endulzaba las amarguras de mi existencia. Expendiendo chocolate del barato (con regalo de una taza, un par de medias y una pieza de música por cada libra) me hice autor inconsciente de varias intoxicaciones; pero como al tomar la tienda en traspaso, á mi vez traspasé la conciencia, imitando á mis colegas de gremio, nada me inquietaba, y mi ánimo no cesaba de recrearse dando galletas, haciendo dé cada botella de aguardiente barato tres de aguardiente caro, y vendiendo quesos de bola ruborizados, Rochefort con gusanos postizos y Gruyere con orzuelos en los ojos. Y á todo esto las compradoras guapas me dirigían las mejores miradas de su repertorio y las más halagadoras frases. Yo daba el peso todo lo escaso posible, y mi cajón iba llenándose de plata y de billetes que era un encanto. Y mis amigos ¡majaderos! me despreciaban al verme convertido en un hortera vulgar (salvo los sabañones) pero yo me reía de ellos en sueños como mi vecino ÍJlanco se ríe de mí en la vida real... Un fuerte campanillazo me despertó, precisamente cuando acababa yo de preparar unas cuartillas dé alubias muy finas para unas parroquianas muy ordinarias. El campanillazo lo había dado el chico de la imprenta. -Señorito, me dijo la criada llamándome desde la puerta de la alcoba. Qué ocurre? pregunté medio dormido. -Que viene un muchacho por las cuartillas A h sí, repuse bostezando. Las he dejado junto á la puerta. Que se las lleve y diga que no las tengan mucho- tiempo en el puchero, porque se deshacen. Llenóse de asombro toda la criada. Desperté. Me di cuenta de mi situación, y despaché al chico. Y volviendo á la realidad de la vida, seguí reñexionando, comparando y dándome á los demonios al considerar que mientras la señora del tendero tiene una pieza llena de vestidos, mi mujer tiene u n vestido lleno de piezas. ¡Qué poquito disfruté de La Gloria! Pero no podrá decirse que no he soñado con ella Como cualquier artista. JüAJí P É R E Z ZÚÑIGA