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Beli a i l) desmentía, como otras muchas de las paisanas de l. Francisco Eomei- o Kobledo, el refrán qiie advierte: de Antequera, ni mujer ni montera: y si alíro ha de ser, más vale montera que mxijer De la ciudad donde se fabrican los más exquisitos mantecados vino ó fué Bélica- -encomendada i una vieja, prima de su madre, sacristana de Nuestro Padre- Jesús- -al pueblo de Calzadillo para coger aceituna. M j) oco tiempo ¡uedó la nroza huérfana, y por esto, or sus correctas formas, por forastera, más bien que parecida, agraciadísima y humilde como una borrega, la eligió el incansable cazador entre todas las aceituneras. Bélica iba) ara jamoncilla, pero el jamón promeiía ser ile Trevéle legítimo: de aijuél con (pie cuentan pie se desayunaba la difunta reina Victori; de nglaterra y eu! i) eratriz le las ludias. Calzadillo era para la ante uerana lo (pie -e H -e una buena proporción, l oi otra parte, el hombre tenía s rtr wc aiando se inclinaba hacia la oreja iz aierda el pavero cordobés, peipieño de alas y ile cojja, sol) re los tufos marisalados, pai a clavar en la garrida aceitunera dos ojazos- negros, serenos y traimuilos como la superlicie de una charca en la umbi- ía. Hasta la perdujoná de las viruehis sobre el (aitis morenísimo de don Jocé, el pie y la mano uniy ¡lequeños, y los andares firmes con su niijifa de contoneo, se le antojanni á Bélica salerosos. Al cazador se le metió en el cuerpo el querer como un escopetazo á qnemarroi) a; hasta iton los tacos. Por fin, que el hond) re, sr arrancó en -orto i por derecho hablando á la tía de Bélica, que ya la servía de madre. Oimo para la novia no era el i) retendiente saco de paja, y á la sacristana le parecía costal de garbanzos le Alfarnate, dailo que Calzadillo, sobre todas sus buenas prendas, se presentaba como quien dice c m el cura debajo del brazo, fué admitido desd, e luego sin inútiles remilgos, y la nuu hacba salió aquella ndsma noche á darle el sí en la ventana. Y desde íiquel instante, alzadillo, que no se había probado rmnca (tomo novio, comenzó á pasar las ile Caín joc mor de las malditas celeras. Jíuestro hombre daba la contraria y el mingo al extremeño inmortalizado por (Cervantes, al moro Íe Venecia y á cuantos en el mundo se les antojan los dedos huéspedes tratándose de la nrajer propia, de la novia ó de la jemhra. lira de la itondición de aquel marido que registraba hasta el cántaro cuando volvía á casa. Bélica, que, como queda indicado, no se vendía, sino que candnaba para el altar mirándose en su don. Jocé, pasaba también la rueda de las navajas con acjuellos se. los infimcliosoís. E n particular, la tomaba CJalzadillo con un teniente de carabineros, su tocayo, más feo que Cai ra uca, y con la sombra del taraje, que así se timaba con Bélica como yo (ton la fuente de Cibeles ó con la Cibeles de la fuente. Para abreviar: desjiués de muchos disgustos, de concluir las relaciones y de volverse á arreglar no sé cuántas veces, Bélica y Calzadillo se casaron canónica y civilmente, como lo hicimos cada (juisque, sin escarmentai en cabeza ajena. Y hubo fiesta y jolgoi- io, y se derrochó la sal, el vino y la alegría hasta las altas horas de la noche. Kl novio llegó á estar locuaz; (pieria á la ante querana más que á las entretelas de su corazón, y hubiese sid (j capaz, por dar gusto á Bélica, de no dárselo al dedo, y de dejar pasar por delante del puesto sin tirarles á una manada de solitarios (2) Pareció aquella noche que no le preocupaba en lo más mínimo ni la presencia del teniente de carabineros, á quien, por el bien parecer, se había convidado á la fiesta. í i, 7 (6 r: f. ¡Por fin los novios se quedaron solos! Solos completamente en aquella casita que parecía una de tantas de los nacimientos que venden por JSÍavddad en la Alcaicería de Sevilla. Bélica, ruborosa, temblando de felicidad y respondiendo acorde á las tiernas caricias de su esposo, le echó los brazos al cuello y murmuró á su oído, quedo, muy quedo, algo así como lo que- -según el gran novelista Fernández y González- -dijo Zaida á Alfonso VI de Castilla y de León en ocasión semejante: ¡Ahora sí que soy tuya, Pej) e mío! Calzadillo sonrió con éxtasis; se quedó un momento coyao dormido en la suerte luego luego, como si It hubiesen puesto un par de banderillas de fuego, se desligó bruscamente de los hermosos brazos de Bélica, que olían á verbena, y después de palparse el pecho, con la vista extraviada y la lengua trapajosa, exclamó: ¡Jinojo! ¿a ceré yo er carabinero? E L COXDE 1) E LAS XAVAS (1) Piminutivo de Isabel. LorG dc (2) Jabalíes muy viejos, de COIÍP. ÍUO retí