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f í EL CARABINERO CHASCABltlLLO AJfTEQUKBANO ALZADll. LO era hombre de poquísimas palabras. Decía un chiste- -siempre breve y oportuno- -ó eciiaba nn taco, tamaño como piedra de molino, sin mover un solo músculo de la cara. Sólo en misa se quitaba el sombrero. Si en broma ó de veras le tocaban en el hombro ó en la espalda, sin volver Jamás la cabeza, como si se espantase una avispa, sacudía el brazo colgando, á manera de péndola puesta en movimiento por un chico travieso. Xo se enternecía sino c uando se trataba del difunto conde de Valdeazmírez, del que había sido omo si dijéramos montero mayor sin sueldo, pero con el disfrute cotidiano de nmchos provechos. Calzadillo había nacido más para mandar que para obedecer. Sobre todo cuando se trataba de cosas ó menesteres de su afición, rayaba en désx) ota, y, esto no embargante, era tan grande, por inteligencia en la materia, su autoridad en cosas de caza, que guardas, podenqueros, escopetas negras y cazadores de toda especie acogían las observaciones de don Jocé con j- espetoy cumplían sus órdenes sin discusión ni réplicas. La vista y el oído de nuestro hond) re á los cincuenta años eran excepcionales, así para percibir el más leve rumor de la pieza que se ocultaba, como para señalar, sin vacilaciones, el sitio preciso donde caía herida. P a r a Calzadillo la epopeya, la tierra prometida, el no hay más allá, se cifraba en asistir á una montería. ¡Como que se había arruinado montean- do! Su indumentaria respondía perfectamente á la pasión que le dominaba. Zapatos blancos, polainas completas con hebillas de hierro muy oxidadas, pantalón de punto café obscuro, chaqueta de pafio cordobés ó de! Carijio, con mangas de estezado, sujetas al hombro por cordones de seda verde; en el cuello, en los ptiños de la camisa y en el chaleco, de dos hileras, botoncillos de filigrana de plata y canana sobre la faja. P a r a toda caza mayor y menor, ¿qué digo? siempre, de día y de noche, llevaba aquel traje. Toda su vida usó también la misma escopeta de pistón corta, y de dos cañones. Al extremo izquierdo de la canana traía de continuo, pendiente de u n niosquetón, el grupo ó haz de correíllas á modo de disciplinas para colgar las piezas menores ya apioladas. E s sabido que la perdiz, por ejemplo, debe apiolarse por las patas, y nunca, como acostumbran los vendedores de volatería, por la nariz, atravesada con u n a pluma. Sólo de aquel modo se evita la más pronta putrefacción de tan sabrosa gallinácea. La ignorancia de esto, ó de cosa parecida, era para- Calzadillo tan imperdonable como pudiera serlo para un examinador de historia de E s p a ñ a en el Instituto de Oviedo el que nn chico no supiera quién fué D. Pelayo. Las aceituneras en MorataUa usan un traje casi masculino cuando van las estacadas y plantonares para recolectar el oleoso fruto. Con ello las ijérase que hacen alarde de buenas foi inas. Hay que verlas volver írdes del olivar al pueblo, cantando y riendo, saltando terrones del haza y baches de la carretera, ó jugando unas con otras al toro la lleva. Ya se detienen súbitamente para rezar las oraciones cuando escuchan las campanas de Palma ó de IIoriv: i iníe- -i los; ya responden ingeniosamente, y sin detenerse, á os lii (o, i leos del viandante; ya se reparan como las liebres, c i a n d suena el melancólico silbido de la locomotora ó e! reiiií jieteo del tren que cruza el puente de hierro. Cuchictieau una con otras cuando ven venir por la cari etei- a (allí las llaman arre áfes) á señoritos ó forasteros, y al emparejar con ellos, con voz entera y fresca, con acento cariñoso, dicten á coro: -Dios guarde á 8 Íe y la compaña; queden ste s con Dios, Y siguen su camino sin m u r m u r a r del encontradizo ni volver jamás la cabeza. P a r a verlas venir hacia el pueblo á paso de ataque, iba todas las tardes Calzadillo, cuando no andaba de caza, hasta el puente de los mimbrones. E n t r e aquellas Iiumildes jornaleras deiüdió elegir mujer propia con encontrarse él por sus posibles entre merced y señoría. Aún le quedaba una casa en JUoratalla, el cortijuelo de Chamorro en su término, la jaca lucera y media docena de podencos de la casta de los del tio Alegría: Pobre, sin familia íntima, á ser posible forastera; todo había de debérselo su mujer para seguir él siendo el único amo de la casa. Calzadillo, como los griegos, era idólatra de las formas, y estaba también convencido de iue, por otra parte, es lo único de que el novio puede hacerse cargo exactamente, por lo que hace á su pronie- tida, antes de descender á marido. De corrido podía informar también Calzadillo acerca de la cintura de todas las aceituneras, sujeta por la faja encarnada hasta la qué baja el pañuelo de talle, á cuadros blancos y rojos, anudado sobre aquélla y á la espalda. E n mitad de ésta, á la funerala- -como los marineros de guerra en las procesiones- -llevan las mozas el sombrero dos veces de Palma- -por la iñateria y por ser industria del pueblo asi llamado á orillas del Gualdalquivir- -con sus cintas negras en forma de cola de golondrina y un iiioñito ó adorno en el centro de la copa hundida. Sólo se cubren con é l e n las horas y parajes de mucho sol, y asilas cabezas, peinadas con cortinillas por la frente y rodete bajo en la nuca, llevan casi siempre, como sembradas y allí nacidas, flores del tiempo, que las hay en aquellos campos y en las macetas del pueblo hasta en Diciembre y Enero. Cuando no, se tocan las aceittmeras con pañuelos de sandía. i