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f ¡SJ N las tardes asfixiantes del verano, con el calor que aplana y debilita, el cuerpo w S l l se desmadeja y se abandona, no hay humor para nada, ni gana de trabajar, ni de leer, ni de escribir; una suprema pereza intelectual se apodera de la imaginación, y no parece sino que cada idea necesita el auxilio de una grúa p a r a levantarse. De ahí h a nacido la imprescindible necesidad de la siesta, las mismas imperiosas vacaciones del estío; la siesta, discreto paréntesis en la vida diaria, suspensión de hostiUdades en las horas m á s fuertes del calor. Pero esta tregua produce á veces contraproducentes resultados, porque hay muchas personas afables, cariñosas, que cuando se levantan de dormir la siesta se tornan hurañas, gruñonas y groseras. Ko sé en qué consiste este repentino cambio, pero cuántas veces h a b r á n ustedes escuchado: ¡Ay, hijo, de qué mal temple te levantas! ¡Qué mosca te habrá picado! y si es andaluza: ¡Jesú, y qué mal arate tienes esta tarde! ¿Y dónde está el origen? ¡En el calor, y nada más que en el calor! Pues hbreles á ustedes el Señor de u n pronunciamiento de la sangre, ó si se quiere de una revolución, porque se poblarán sus más estimadas facciones de granitos, y encima tendrán que sufrir que alguien les diga: ¡Vaya u n h u m o r que tiene usted, querido! Los que tienen la desgracia de ser gruesos sufren con el calor de modo horrible. P a r a los g o r d o s resulta una ironía sudar el quilo, cuando sudan todo el sistema de pesas y medidas; y cuando van por esas calles en pleno sol anhelosos y jadeantes, como si estuvieran todo el día subiendo cuestas, me dan intenciones de actuar de Verónica y empaparlos como á una res. ¡Bendito el invierno, y mil veces bendito! No sé cómo hay personas que prefieren el verano, cuando es una mortificación constante, semillero de insectos que acometen al hombre, con la agravante de nocturnidad y ensañamiento, distinguiéndose al frente de la infame legión la acrobática pulga, el mosquito del orfeón, y la chinche, que chupa nuestra sangre con un aparato muy ingenioso. Áí E s verdaderamente vergonzoso que siendo el hombre el rey de la creación esté á merced de subditos tan insignificantes, de u n mosquito que cada vez que pasa por delante de la cabecera de la cama parece que dice burlonameñte: ¿A que no m e coges? Y esto, la verdad, es altamente depresivo. Además, y como si el calor por sí solo no fuese ya bastante castigo, en esta época cae sobre todas las provincias, á modo dé langosta, la terrible plaga de los Juegos florales, con sus flores naturales y de las otras, y naturalmente, súbé la temperatura, porque añada usted al calor reglamentario el de la inspiración de los poetas aspirantes, y és cosa de tener que abrir los balcones de p a r en par. Conocí á u n biíen señor en el balneario de la Puda que su conversación al salir de su cuarto por las mañanas antes de tomar él agua, era siempre la misma, relato de la desigual contienda librada en la. noche anterior entre el referido sujeto y el audaz invasor. Tenía tal práctica, que conocía y distinguía perfectamente en la obscuridad si el mosquito encargado de molestarle aquella noche era nuevo en el servicio de las armas ó, por el contrario, si se trataba de un veterano, y así solía decirme: ¡Hombre, esta noche ha debutado u n joven mosquito perteneciente al último reemplazo! Y apreciaba la diferencia en la timidez de los picotazos. DIBUÍO BE XAUDAKÓ L u i s GABALDÓN