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naje al Rey. Todos contestaron con la ¡w. iauíación tra ti ú (ina) God save thc King. Sonaron nuevamente los clarines, y el Rey y la Reina se arrodillaron. I- evantados, el arzobispo dirigió á Su Majestad las preguntas del ritual, á las cuales Eduardo V I I contestó con voz firme y resuelta. Inmediatamente firmó la fórmula del juramento. Entonces unos dignatarios le quitaron el manto rojo le pusieron otro bordado de oro, sentándose el Rey en el trono, donde fué imgido por el arzobispo, después de lo cual le fueron entregando sucesivamente el cetro, el globo y la espada y calzándole las espuelas de oro. E n nada se alteró el ceremonial instituido por la tradición, a pesar de cuanto se había diclio en contrario. Después de calzadas las espuelas, el arzobispo de Canterburj impuso al Rey el anillo simbólico, y al colocar la corona en la cabeza de Eduardo V I I se hallaba el digno prelado tan sumamente conmovido, que en su semblante se advertía la más densa palidez. E n aquel solemnísimo momento el espléndido recinto de la abadía apareció fantásticamente iluminado por poderosos focos de luz eléctrica, y toda la multitud inmensa en él reunida entonó á coro el Qod save the King, mientras fuera del edificio millones de voces gritaban aclamando al Rey de Inglaterra, coronado felizmente, á pesar de todos los fatídicos augurios que respecto de S M. E D U A R D O 1 I PRO U CIA D 0 LA F O R M i r i A D E L J U R A M E N T O esto habían circulado y logrado asenso entre las gentes supersticiosas. Breve rato permaneció el Rey sentado en el sitial de Eduardo el Confesor abstraído en hondas meditaciones, de las que le sacó nuevamente el arzobispo acercándose á bendecirle, mientras nutrido coro entonaba el ¡AUelhiia! Levantóse el Rey y subió las escaleras que conducían al trono del homenaje. Al llegar á él sentóse, á indicación del arzobispo, quien fué el primero en prestar homenaje al Soberano, arrodillándose ante él tan rendidamente, que se vio obligado el Monarca á darle la mano para que se levantase, y fué preciso llevarle en brazos ante el altar. Acercóse después el príncipe de Gales, y arrodillándose ante su padre le besó la mano en señal de fidelidad. Eduardo VII. muy conmovido, le devolvió el apretón de manos y le hesó cai- iñosamente. Luego el duque de ísorfolk, acompañado por los representantes de la nobleza, leyó la fórmula del juramento de lealtad al Rey: uno á uno juraron tocando la corona y besándole en la mejilla. A continuación el duque de York impuso la corona á la Reina, é inmediatamente ambos Monarcas recibieron la Sagrada Comunión. Con esto acabó la ceremonia, de cuya magnificencia pueden formar idea los lectores por los dibujos y fotografías que nos remite nuestro corresponsal en liendres. S A EL P R I N C I P E DE GALES R I N D I E N D O HOMENAJE AL REY FOT BLACK AND W I I I T E