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L A CORONACIÓN DE E D U A R D O V i l C ¿M las seis de la m a ñ a n a del día a del t l corriente ya estaban las principales calles y plazas de Londres ocupadas por inmensa muchedumbre, que obstruía por completo el paso de carruajes, á pesar de los esfuerzos de la policía. Las calles que van desde Buckingham Palace hasta la abadía de Westminster eran las preferidas por la multitud, deseosa de ver y aclamar al Rey, y doblemente interesada por los rumores que habían circulado de que quizás S. M. no podría resistir el cansancio y las emocionas. del día. Cubrían la carrera veintiséis mil soldados, con treinta y cuatro cañones y cuatro mil caballos. A las ocho se abrieron las puertas de la suntuosa y legendaria abadía de Westminster, y poco, después comenzaron á llegar los invitados, luciendo magníficos uniformes de todos los países del mundo, distinguiéndose las rozagantes hopalandas de los grandes personajes ingleses vestidos como lo iban sus ilustres antepasados. A las diez y inedia salió de Buckingham Palace el cortejo real, formado por los Life Guards ó guardias de corps (escolta real) el I N T E R I O R D E LA A B A D Í A D E W E S T M I N S T E R P R E P A R A D A P A R A LA C E R E M O N I A patrón y marineros de la falúa real, el Estado mayor ó cuarto militar del Rey, los individuos de la, yeomanrt el príncipe Alberto de Schleswig Holstein, el duque de Sajonia Coburgo, la caballería colonial, el escuadrón de lanceros indios y el de Horse Guards, precediendo á la carroza real, tirada por och 6 caballos, donde iban el Rey, la Reina y el duque de Connaught, cuyo hijo iba de caballerizo. Detrás iba el estandarte real, los generales y el escuadrón de guar- dias de corps del lord Kitchener, quien escuchó muchos vivas. Al paso del Rey, el entusiasmo de la muchedumbre no tvivo límites, y el ruido de las aclamaciones y de los vítores se mezclaba con el estruendo de las salvas de la Torre de Londres y de H y d e Park y con el carillón de las torres de Westminster. El aspecto de la abadía al llegar el Rey era hermosísimo por la esplendidez de los uniformes y trajes heráldicos y el brillo de las armas y de la pedrería. Paseados procesionalmente los atributos de la realeza, sentóse el arzobispo de Oanterburj y á su lado el lord canciller, conde de Lanoaster. El presidente del Consejo, Mr. Balfour, se colocó junto al altar. E n t r ó primero la Reina solemne y pausadamente, sostenida por seis pajes la cola del manto de terciopelo púrpura bordado de oro, y arrodillóse junto al altar. Poco después las trompetas anunciaron la llegada del Rey, quien con no menor solemnidad saludó á la Reina, se arrodilló, orando unos minutos, y se puso de pie frente al arzobispo de Canterbury. Con gran emoción, el anciano prelado preguntó á los presentes si se hallaban dispuestos á prestar home- S S M M L O S R E Y E S DE I N G L A T E R R A R E G R E S A N D O DE LA A B A D Í A DE W E S T I y l I N S T E R D E S P U É S DE L A C O R O N A C I Ó N