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Cnatido 61 disponíase con la navaja cabritera á atizarse u n tajo en el cuello, los representantes de la autoridad sujetáronle los brazos, rondnciíndole á la cárcel. l,o s periódicos la vccimlad de los desventurados gitanos y ol chismorreo de y tertulias se ocupó de los dos unos días. Después na. lio volvió á hablar de Y si á ella, u n a vez curadas sus heridas, la colmaban de amorosas proposicinnos, debíase á que su hermosura natural avalorábase con la clausura de su antiguo enamorado, perro de presa que la había defendido de asechanzas y deseos. Pol llegó á ser la mujer de moda y el blanco de la preocupación general Maoliyo fué condenado á no sé cuántos años de presidio por cosas del querer. Yo, como casi todos los que le conocimos en sus buenos tiempos, habíale olvidado, hasta que su dura mirada dirigida á mí la tarde que visitó el manicomio de Leganés, resucitó en mi memoria la triste historia de unos amores. -iCste desgraciado que mira tanto- -me dijo mi acompañante- -es uno de los mejores artistas que conozco. -I o sé- -repuse; -le he tratado b. astante. Verá usted: Maoliyo! El loco volvió á mirarme un instante, y haciendo con su cabeza u n movimiento de agitación, abrió desmesuradamente sus ojos diciendo: ¡Hola, 1) José! ¿Usted también por aquí? S Í l e interrumpí, alargándole un cigarro, -he venido á verte. Este muchacho- -dijo el acompañante- -es muy bueno, y por eso saldrá prontito á la calle. ¡Gracias- -contestó él con tristeza, -estoy mejor aquí dentro! -í Y la guitarra? -le pregunté. -1. a toco á veces, pero siempre salen de ella unas notas que m e asustan. ¡Tan bien como tocaba yo la alegría! Pe acuerda usted? Callamos. Seguimos con Maoliyo nuestra ruta hasta llegar á la habitación de mi amable acompañante. í os hizo éste sentar, y á poco dio una guitarra al gitano. Cogi la Jlaolivo con cierto mal humor, y una vez templada, empezó á tañerla. Salía por soleares, y las notas que irerezosameñte iban escapándose de entre sus dedos, impregnaban nuestros corazones de vaga melancolía Ganas de llorar m e entraron al ver aquel hombre, bueno y honrado, loco por culpa de u n a mujer. De pronto cesó el ritmo cadencioso de la guitarra. IMaoliyo levantó su busto, lanzó un suspiro hondo, y después d e g e m i r el clásico. ¡aaah! de la snleá, y pespunteando el instrumento con falsetas reveladoras de u n a profunda pena, cantó esta copla, compendio doloroso de un corazón destrozado: El querer quita el sentido. Lo digo por e x p e r i e n c i a porque á mí me ha sucedido. DIBUJOS DE líUERTAS JOSÉ JEEIQUE