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REViSTA LU 5 TRAD f AÑO X I I M A D R I D 16 D E AGOSTO DE 1902 NUM. 589 F ...1 üi -íí 4. í TT i- tr -3 a r f 3 í tí: -r- MAOLIYO E L GITANO í I El querer quita el sentido Lo digo por experieiioia, porque á mí me ha sucedido Copla popular) i t r isiTANDO una tarde el manicomio de Leganés, hube de encontrar un pobre demente que, al clavar su dura mirada en mí, investigando mi persona para reconocerla, hízome recordar todo u n drama pasional. Fué. Sevilla, la clásica tierra de la sal femenina, de los claveles reventones, del perfumado a z a h a r y la dorada manzanilla el escenario de aquel drama. Maoliyo el gitano era el protagonista: un muchacho guapo, jacarandoso, con cara de moro afeitado y los tufillos echados sobre las sienes. Era ella, la al parecer víctima, una chiquilla venida al mundo para dar desazones á los hombres y envidia á las compañeras de sexo. Descendía de raza gitana, como él; pero no era una de esas cañis de pelo azabache lamido, peinetas de coral y flores marchitas adornando su hermosa cabeza; ni vestía, como esas recitadoras de la güeña ventura, la falda chillona de colorines, ni abrazando á su pecho llevaba el pañolillo impregnado de mugre y lamparones de vino recogidos en los colmaos. Sol, que tal era su nombre, y que deslumhraba con sus grandes y rasgados ojos negros tanto ó m á s como el astro- dios, venía á ser una gitana modernista. Cutis marfileño, boca de fresa, nariz griega, orejas dibujadas y líneas esculturales, componían su todo físico. Resultaba la excepción de la regla hasta en sus cabellos rubios como espigas de mies, y nadie al verla con el trajecillo de percal y mantón floreado de seda negro, tomábala por una descendiente de esa troupe trashumante de desarrapados que vemos con frecuencia por pueblos y ciudades formando caravanas reñidas con la higiene y la estética. Los dos gitanos se habían entendido, viviendo en paz y armonía desde que cambiaron sus corazones. Él, afamado tocaor de guitarra, sacaba sus buenos jornales, siendo la alegría en juergas y borracheras de señoritos adinerados, y ella ganaba no poco ejerciendo su oficio de peinadora entre la gente chulona y del bronce. Un día, la confidencia vengativa de otra mujer hizo brotar la duda en el corazón de Maolivo. La venda pasional que cegaba su alma enamorada fué clareándose, permitiéndole ver u n día por sus propios ojos la perfidia. Óbscureciósele el cerebro, atropellado por u n sentimiento de venganza, haciendo correr la sangre de Sol