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E s t e la preguntó: ¿Quién te liizo ultraje? -y ella dijo llorando: -El penitente. -Mas el mancebo respondió con brío, sin turbarse la paz de su mirada: -Esta mujer, por Satanás cegada, fijóse en mí, señor, y mi desvío quiere acaso vengar. Yo la perdono. ¡Mientes! ella exclamó; tengo en mi abono á los que oyendo las dolientes voces de esta huérfana débil é indefensa el pañal te arrancaron ¿los conoces? allí están, y te acusan tu abandono sufrí en silencio y oculté la ofensa; mas ya ¿cómo callar? ¿ni cómo ahora con esta prueba viva y delatora de mi deshonra ganaré el sustento? Llegaron los testigos, y á su acento el justiciero abad quedó confuso. El mancebo habló así: Dios lo dispuso. El mostrará, si quiere, mi inocencia. Y acusándole todo, el abad contra él dictó sentencia: Pues olvidas, perjuro, de tal modo el voto que en mal hora á Dios hiciste, repararás tu crimen, y contigo ese niño tendrás mientras consigo de quien lo puede hacer rompa tus lazos. Y le dejaron solo. Solo y triste quedóse con el niño entre los brazos sin m u r m u r a r palabra. E n esto, de la próxima espesura saltó ligera cabra de henchidas ubres y nevado pelo; se le acercó balando con dulzura, y se acostó á sus plantas sin recelo. Desde entonces huyó del soHtario la gente con horror. Pasó el estío. En un amanecer nublado y frío la campana sonó del santuario, no como siempre saludando al día, sino con doble opaco y clamoroso, y un hecho presenciaron milagroso ios que acudieron á su voz extraña (alguien lo vio que vive todavía) el bronce volteaba en la espadaña, pero ninguna mano lo movía y el templo al invadir ruidosamente con un santo pavor nunca sentido, al tibio clarear del sol naciente contemplaron sin vida al penitente sobre las gradas del altar caído. abierto estaba de otoñales flores; de una luz interior los resplandores, asomando á su pálido semblante, hacían sobrehumana su belleza, y en sus rodillas candoroso infante apoyaba dormido la cabeza. De la campana al celestial aviso, en el humilde templo crecía sin cesar la muchedumbre, y el abad acudió, y él mismo quiso, dando de caridad notorio ejemplo, el cadáver lavar, según costumbre. Mas al poner con ánimo piadoso sus manos en el muerto misterioso, lanzó un grito á sus labios arrancado por el asombro Bajo el sayo rudo, apareció desnudo de una mujer el cuerpo delicado. RlCAKDO G I L