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N un libro de fastos abaciales escrito en caracteres medioevales con tinta por los siglos amarilla, triunfando del latín y la polilla este relato descifré paciente; mas al copiarlo disipó mi pluma su monacal ambiente y el suave candor que lo perfuma. Comienza así: -Señor Omnipotente, sirva esta mal aderezada historia de enseñanza al mortal; á Ti, de gloria. -E n el collado del Azor, no lejos del abacial recinto, dominando salvaje laberinto de viciosas encinas y de tejos, se elevó el santuario del Reposo. A su bendita sombra, un ermitaño tras viaje penoso (la tierra en que nació nadie sospecha) hizo morada al promediar él año de nuestra redención (falta la fecha) y alcanzó de virtud justo renombre. Era joven aún, y su hermosura propia de un ángel, pero no de un hombi- e. Le besaban los hombros sus cabellos que á la seda igualaban en finura y en color al maíz; luz sosegada era en sus ojos claros la mirada: inalterable paz reinaba en ellos. Le concedió el Señor sabiduría superior á su edad; su voz serena, como lluvia soñada en la sequía daba frescura al corazón; tenía una esperanza para cada pena. El humilde sayal de áspera lana convertían en veste cortesana su airoso andar, sus movimientos graves, y su pan, de limosna recogido, partía con los pobres y las aves, que abandonaban por seguirle el nido. A Dios amaba sobre toda cosa y después á las flores. ON tal arte su mano primorosa copiando en la vitela sus colores darles supo vigor, gracia, relieve, que aún hoy suspensos los sentidos deja, y el alma por la imagen seducida creyéndola con vida ve como el tallo de la flor se mueve, en el cáliz zumbar oye á la abeja y aspirando el olor al tacto acude. En su tesoro guarda el monasterio, y asombro causarán á quien lo dude los espléndidos folios de u n salterio. Cierto día estival cruzó el collado el poderoso abad acompañado de un tropel de monteros y ojeadores; de la ermita en la puerta, inclinando la frente descubierta, detuvo su corcel ya fatigado, mientras los servidores en la vecina fuente con delicia de la sed apagaban los ardores. Entonces una voz gritó: ¡Justicia y una mujer en campesino traje, con un niño en los brazos, de repente se postró ante el abad humildemente.