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C O V A D O N G A L l E I V l) A I 11. r l A cuando llueve, y p o r a q u i suele hacerlo como si hubiera vicarios de Zarauz; Y como llueve si Dios tiene qué, y como el pueblo corre tras del coche real, el golpeo de los pies calzados con los enormes zapatos de madera contra las losas de las aceras produce e l efecto de u n a tempestad de aplausos sordos. E a comitiva se detiene en el Robledal de las Huelgas, almuerza á paso de aguacero, que es más rápido que el de carga, y prosigue. ¡Cangas de Gnís, con su puente ideal cubierto de yedra! El pueblo aclama al Rey y á los Príncipes. ¡Covadonga! Son las tres y media. El sol ba rasgado las nubes, y se h a asomado para admirar ese bellísimo é incomparable rincón, portento (lela naturaleza, como si no le hubiese visto nunca ó no supiese que existía maravilla tan grande. Tampoco lo extraño, porqxie el sol, ya se sabe, es muy español. LAS PERSONAS REALES DIRIGIÉNDOSE A LA GRUTA DE COVADONGA Dídrjí. -El Rey y los Príncipes, después de oir misa en la histórica cueva, abandonan el rincón ideal donde, hay que decirlo, pierde mucho mérito la leyenda de Don Pelayo. ¡Qué huestes de Tarik ni qué niño muerto! Los ejércitos de Napoleón perecen enteros allí con sólo que unos cuantos bravos montañeses echen á rodar piedras desde aquellas alturas inverosímiles. El viaje hasta Oviedo, por Cangas y Pilona, es para el Rey un paseo triunfal. Las ovaciones se suceden sin cesar. L a entrada en Oviedo es lo más grandioso de todo el viaje hasta ahora. Decir que la c a p i t a l d e l Principado ha tirado la casa por la ventana, es poco. Se ha tirado ella entera. H a derrochado arte, gusto, lujo y dinero, en arcos, tribunas y decoración de calles. Medio Asturias h a venido á la ciudad á recibir al Rey y á. aclamarle. Por la noche Oviedo arde en iluminaciones: (me. pa. re- ce que el verbo está bien empleado esta vez) Danzas y cantos del país, músicas, bullicio popular... Pocas veces u n pueblo se manifiesta más espléndido. OVIEDO. EL CABILDO CATEDRAL RECIBIENDO A LAS PERSONAS REALES