Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
b r u t a l e s chanzas, súplica que no quedó desairada. Pero un día, la casera Dolores se levantó de madrugada, dispuesta á coronar su generosa empresa. Lavó con sus propias manos u n a muda de Antonio, que había tomado de su mísero petate sin deciilo, y haciéndole venir h o r a s antes de lo acostumbrado, obligóle con gracioso é imperativo ademán (que el monstruo, fascinado, obedecía) á restregar y descostrar, con asperísimo estropajo i e machacado esparto y con sus manos callosas, llenas de b l a n d o y untuoso jabón, su propia cara, cabeza y cuello, hasta saltar la sangre; obligóle después, hasta el sofoco, á repetidas inmersiones del escamondado busto en amplio caldero de agua, y una vez terminado el reiteradísimo bautismo, con s u s blancas y suaves manos, como habilísimo barbero, recorrió con la navaja cuanto en mejillas y cuello pudo afeitar sin peligro de las fungosidades a p i ñ a d a s en el rostro; colocó después sobre sus rodillas la h ú m e d a y reblandecida mollera, hizo entrar, con labor menudísima y paciente, la p u n t a de las tijeras en aquellas anfractuosidades y trinc h e r a s hasta desbrozar y cortar los espinos y gruesos espartos de la barba. Cortó asimismo las encrespadas melenas, dpjándolo tal, que ni él mismo se hubiese reconocido en el cristal de la fuente. En esta a r d u a y violenta labor, la sangre azulada del monstruo saltó alguna vez con la dura raíz de su barba ó por el inevitable desliz del fino acero en lugares tan accidentados; irían seguram e n t e estos tropiezos acompañados de vivos dolo res; pero ya podía saltar toda la sangre de sus venas y experimentar los mayores t o r m e n t o s que no h a b í a n de hacer levantar á Antonio f- u cabeza de tan dulce descanso ni bastarían á disipar la placidez inefable que, como onda de luz, i n u n d a b a su rostro. Cuando ya no hubo otro remedio, porque todo había terminado, Antonio abrió sus ojos como volviendo de un sueño encantador, irguióse decidido y apareció transfigurado, no tanto por la m o n d a general y completa del busto, cuanto por el brillo de su mirada y reñexiva actitud. El, ciertamente, no acertarla á darse cuenta de las emociones que en tumultuoso tropel surgieron en el fondo de su corazón ante aquella obra de piedad y t e r n u r a cumplida en la mísera y repulsiva criatura, que no sintió j a m á s calor de hogar, ni aun los fugaces y pasajeros efluvios de a m i s t a d ó simpatía. Todas aquellas emociones, ni a u n sospechadas, pero s u b l i m e m e n t e hermosas, hubieran congestionado y reventado su cerebro y dislocado au pobre e n t e n d i m i e n t o si la electricidad acumulada no hubiese encontrado salida en la luz relampagueadora de sus ojos, en las copiosas lágrimas que de ellos brotaron y hasta en el a b u n d a n t e sudor que saltaba por todos los poros de su cuerpo. Cuando se incorporó, terminada la dura faena del escamondo, si ésta liabía franqueado las salvajes é inaccesibles asperezas de la cabeza del monstruo, una inundación copiosa de reconocimiento m a j o r producida por dulcísima repercusión en su alma, dejó desbrozados y e x p e d i t o s los breñales h a s t a entonces indomables y selváticos de su espíritu. Cuanto de generoso y halagüeño esponja el corazón y h a c e amable la vida; cuanto con más intensidad nos hace sentir la alegría del vivir y lev a n t a en nuestro corazón el m á s entusiasta de los h i m n o s de gratitud y amor al autor de tan excelsos bienes y la más alta concepción de nuestra grande- za y destino; todo ello y m á s estaba condensado en la única frase de que pndo valerse el mísero jorobado: Seña Dolores dijo con p a n s a elocuentísima, iDios se lo pague En esta frase, y por aquellos labios, h a b l a b a un corazón robado á la negrura del odio y de la abyección estúpida; al hielo del desdén y del universal olvido; á la más espantosa soledad y aislamiento, y ganada por la obra de abnegación y de Tiiedad para Dios y la fraternidad h u m a n a Vistió, en la inmediata estEncia, su lavada ropa, é i n u n d a d o de inmensa alegría, ganó, más rápido que nunca, la cresta de la colina, v loco de entusiasmo, parecía enviar á su llegada efluvios de inefable gozo y t e r n u r a á su gruñidor rebaño, que chillón ó inquieto, parecía pedirle cuenta de su rara ausencia. Fui á verlo y á departir con él aquella t a r d e con más interés que de costumbre; t a r d e espléndida del mes de Abril. Señorito, dijo al verme, ¿no ve osté lo que ha Jecho conmigo? ¿H a b r á en el mundo otra sefiá Dolores? Yo no quiero blasfemar, Dio me perdone; pero m e paese como la Vingen Y después, con locuacidad de alegre pajarillo, aspirando el fresco y embalsamado ambiente que con el puro oxígeno de aquellas m o n t a ñ a s entraba por todos los poros de su cuerpo, sin preguntarle, respondía su abierto espíritu, atropelladamente, á todos los estímulos y llamamientos del m u n d o exterior. Qué lozanía, señorito, la de los árboles en este Abril! ¡Qué brotes t a n pujantes! ¿No ve osté? J a s t a flores han naeío en estos brefiaS 08, que yo n u n c a vi. Y dirigiendo sus ojos al mar, Párese que en estos días jermosos, jasta la m a r se jase m á s grande. Qué de barcos van pa l Estrechol Pos señó, ¡güeña primavera se presenta! iir Me ausentó días después, y al año, en las primeras vacaciones, emprendí de nuevo el camino para la casería Me vi obligado á hacer noche en una villa escondida entre castañares, á medio camino, y al acostarme t e m p r a n o para madrugar, el mozo de la posada llamó á la puerta del cuarto diciéndome: -Señorito, a h í está el menistro, que quiere ver á usted. ¿El ministro? -Y después de rápido y explicable a s o m b r o entendí que se trataba del alguacil y voceador del concejo, á quien llam a n así en m u c h o s pueblos de aquella comarca. -Que p a s e el ministro- -dije, -y apareció Antonio, el r a b a d á n de los cerdos, con su misma gibosa figura, dando vueltas en sus callosas manos al ancho sombrero de calaña, con amplios sobrepuestos y peludas borlas, con sus calzones bombachos, limpios y nuevos, su chaquetón de coderas y sus zapatos de vaca, y al brazo una como bolsa ó cartera para llevar órdenes y c i t a c i o n e s -P a s e usted, Antonio- -le dije sorprendido de hallarle allí y no en la casería, donde aún estaba la hermosa casera Dolores. -Señorito- -me dijo respondiendo r á p i d a m e n t e á mi extrafleza, ¿por qué en el mundo hubiera yo dejao el servicio de la casa de osté, y má que too la verita d e aquella criatura é Dio, la sefiá Dolores, pa estala adorando d e r u í y a s? Pero señó- -dijo r e s p i n g a n d o aún m á s la 8 tubercnloaa de su cuerpo, -me yamó el Consejo del pueblo y soy menistro. E L O Y GARCÍA. V A L E R O D I B U J O S DB GASCÓN