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ISüY MENISTRO! lícce universa vanitas. 4 Í O O erguido gigante, circundaM do de lomas y cumbres que apenas sobrepasan sus faldas, ae alza Monte Mayor, justificando su nombre, entre cruzados rosarios de montañas y alcores, que el coloso parece mirar como arrodillados á sus plantas. A uno y otro lado, y como desprendidas de los hombros del gigante, siguen las crestas eslabonadas de la sierra hasta hundir sus agudas puntas en el mar; al Occidente la hermosa Sierra Bermeja, en cuyas últimas estribaciones se destacan los blancos edificios del pintoresco puerto de Estepona; y al Levante el enorme gigantesco muro de Sierra Palmitera, que roba medio cíelo y medio día de luz á los míseros habitantes de Benahavis y de la Hondonada, y de cuya falda parece desprenderse la bella ciudad y puerto de Marbella. La alzada cumbre de Monte Mayor se halla coronada por hermoso castillo, que revela en caprichosas figuras de elípticas líneas y en el color aún ligeramente azulado de sus salones de hundidos techos, delicadezas que nada hacía presumir en aquel nido de águilas. Los almenados lienzos del castillo forman como la corona mural del coloso, por la que suben y serpean, como laureles sobrepuestos, arbustos y trepadoras. En las ruindades de este castillo, que ahora semeja fortaleza encantada, entre las humedades y frescuras y hendidos pliegues del monte, en los breves y verdes remansos y llanuras del plano casi vertical de sus laderas, discurría, con los cerdos confiados á sus pastores, Antonio, el protagonista de nuestro relato, rabadán de aquella inquieta y grufiidofa grey, con dos chicuelos sucios y desarrapados á sus órdenes. Han pasado muchos años de esta verídica historia, y aún evoca mi fantasía, hondamente impresionada con mis sentidos, la monstruosa figura del pastor. Veíase éste obligado, para estar á pie quieto, á formar con su largo cayado y su cuerpo un ángulo bastante abierto en forma de A, si había de dar á sus miradas y palabras la natural y corriente dirección horizontal. Era, en efecto, su gibosa figura como de S respingada, próximo á caer de espalda; y las sinuosidades de su joroba, como ocultaban el cogote, ponían constantemente de manifiesto su cara forzosamente desfachatada, dirigida, como el girasol, á las regiones de luz. En aquel rostro de ineludible contemplación, un mechón de cabellos rojos y grises volteaba sobre su frente puntiaguda, recordando la descripción que Homero hacía de la risible figura del sacerdote Thersitas; y desde el arranque de sus greñas, con la sola excepción de un pequeño espacio en las mejillas, levantábanse en el rostro del mísero pastor crestas, fungosidades y excrecencias carnosas, violáceas y rojas, de donde brotaban, como cañaverales en las húmedas hiendas del terreno, barbas del color de sus cabellos, pero recias é indomables como carrizos. Añadid unos labios redondos y salientes, nariz achatada y tuberculosa, ojos pequeños y blancuzcos, largas y anchas orejas, y con las encrespadas greñas tendremos el retrato y el marco de nuestro personaje. Envolvían sus carnes rugosas y obscuras, camisa, calzones y medias sin pie, de grueso algodón sucio y terroso. Una piel de macho cubría pecho y vientre, que formaban una sola pieza indivisible, alcanzando hasta la mitad de las enarcadas piernas. Viejo y deformado sombrero de anchas alas y la rota gabardina completaban la indumentaria del monstruo y el suficiente abrigo para aquella templada región. ¿Su edad? sabríala Dios; pues ni los años ni la vejez podrían añadir nuevos surcos á su empedrado rostro ni nuevas curvaturas á su giba. Hablaba poco, dejando entrever una indefinible tristeza de la que él no sabría darse cuenta; imbécil á medias, con alternativas de fieras exasperaciones y sombría resignación, que la crueldad de la naturaleza, de un lado, y de otro las burlas de los rudos labriegos, determinaban y enardecían. Cuando al anochecer encerraba su gruñidor rebaño, y negros, jaros y rojos ensamblaban sus redondos lomos y puntiguados hocicos como piezas de apretado mosaico, comenzaba para el mísero Antonio el martirio de las burlas y groseros chistes que había de soportar para comer el caliente puchero, la cosina ó la sopa de pan prieto y sabroso, ó había de trabajar en las interminables alpargatas de esparto á la luz y al calor de la abierta y tostada chimenea. Me interesó vivamente aquel desgraciado desde que lo vi, y lo buscaba para departir y fumar las mañanas y tardes que con mi escopeta, las más veces inútil ó torpe, recorría aquellos breñales y alturas, abundantes en perdices y conejos. Encontrábalo algunas mañanas al pie del castillo y procuraba llamar su atención sobre el magnífico panorama que á nuestra vista se ofrecía. Desde aquellas alturas, del lado allá, del mar, que aparecía tendido á nuestros pies, y de cuya orilla nos separaban, sin embargo, algunos kilónietros, veíase el continente africano, y á remota distancia, hacia el Oriente, las casas de Ceuta, que parecían aisladas en medio del mar como blancas palomas que en él se bañaran. Entre los dos continentes, la amplia cinta del Mediterráneo con difumados esmaltes blancos, azules y verdes, con sus miríadas de diamantes deslumbradores, en las infinitas cúspides de los pequeños montículos de sus olas. El alma de Antonio, sin embargo, parecía no darse cuenta de aquel espléndido espectáculo. Apenas si tomaba nota del color con que ae anunciaban las primeras horas del día ó de las blancas y desgarradas neblinas, prendidas como vedijas de algodón en el no lejano Peñón de Gibraltar, anunciadoras de lluvias ó levantes; nada; lo que conoce la previsión salvaje. n TJn día enviaron los dueños en un matrimonio joven nuevos caseros á la hacienda, Era la esposa de hermosos ojos y encarnado color, sobre tez ligeramente morena; una perenne sonrisa, propia de su natural algo zumbón, pero siempre noble y generoso y delicado á su modo, ensanchaba su boca, mientras encerraba su pecho un corazón de oro. Eijó su atención én el monstruo de nuestra historia; adivinó, aun antes de conocerle, la amargura y desolación del alma de aquel desventurado, y sintió adose herida de profunda compasión, empezó pidiendo con vivas instancias á los rudos labriegos que se compadecieran y cesaran en sus