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Reinaba, pues, el terror entre la gente tonaurada, que sólo bien provista de armas y con escolta se atrevía á asomar en romerías y i. -r -í ferias, aun cuando acertó á tomar posesión del curato de Treselle un jovencillo boquirrubio, amable y sociable, eficazmente recomendado por el arzobispo á los señores de diez leguas en contorno. Al enterarse, por conversaciones de sacristía, del peligro que los de su profesión corrían con Pepona, el curita sonrió y dijo suavemente con cierta ironía: ¿A que ponderan? ¿A que tienen miedo á una mujer? lOídos que oyeron tall Sus compañeros se le echaron encima como jauría furiosa. ¿A ver si se atrevía él con la Loba, ya que era tan guapo y tan sereno? ¿A ver si le mandaban á soltar andaluzadas á otra parte? Que se pusiese con la gavilla, y ya le freirían el cuerpo! ¿Pensaba que los demás eran algunas madamitas, ó qué? -Con la gavilla no me atrevo- -dijo el muchacho cuando se calmó el alboroto, -por aquello de que dos moros pueden más que un cristiano; pero lo que es con la señora Loba caramba, de hombre á hombre Desde aquel día, el abad de Treselle pasó por jactancioso y botarate, y se le dieron bromas pesadas, que en la feria del 16 de Agosto tomaron ya carácter agresivo. Era á los postres de una comida en la posada de la Micaela, en Cebre, donde se sirve excelente vino viejo y un cocido monumental de chorizo, jamón y oreja; los curas habían resuelto dormir allí, y no volver á sus casas hasta el día siguiente, escoltados, porque en la feria rondaba Pepona. Y el abad de Treselle, sofocado, exclamó al ensopar el último bizcocho en la última copa de Tostado dulce: -Pues para que ustedes vean No soy ningún valentón, pero soy capaz ahora mismo de largarme sólito á la rectoral. ¡Ehl Micaela! Que arreen mi caballería. Minutos después, la yegüecita castaña del abad, viva y redonda de ancas, esperaba á la puerta del mesón. Despidiéndose de los asustados comensales, el cura montó y desapareció al trote. ¡Madre del Corpifíol jEn la que se metía! Cosas de muchachos! Ya vería, ya Algunos párrocos, avergonzados, repitieron: Convenía acompañarle Pero nadie se decidió á realizarlo. Caía el sol, y el cura, al trasponer las últimas casas de Cebre, sintió que el corazón se le apretaba, y refrenó á la yegua, mirando receloso alrededor. Sus mejillas, antes encendidas por la disputa, estaban ahora páli das. El corazón se le achicaba. Hice mal, pero no es cosa de volverse. Tengo miedo pensó. A serenarse. Tocó en el arzón las pistoleras; llevaba dos pistolas inglesas magníficas, regalo del marqués de UUoa. En el pecho sintió el bulto de un cuchillo de picar tabaco. Entonces se rehizo é inspeccionó el terreno. La carretera se hallaba desierta; en los altos pinos, el viento gemía fúnebres estrofas. El abad picó á la yegua. Al recodo del camino, donde tuerce y lo dominan calvos peñascos, surgió una figura membruda y alta. La yegua se detuvo, empinando las orejas. Era una mujerona, apoyada en una vara de aguijón Parecía pedir limosna, pues tendía la mano izquierda; pero el curita, que habia sido estudiante, vio que lo que hacía la supuesta mendiga era una seña indecorosa. Adquirió energía. Se sintió capaz de todo. Sápidamente sacó del arzón una pistola y la amartilló. La mujer pegó un salto, y en su atezado rostro, que alumbraban los últimos reflejos del Poniente, se pintó una especie de terror animal, el espanto del lobo cogido en la trampa. No podía el curita adivinar la causa de este fenómeno, en la capitana extraño. -Convencida de que no existía cura ni trajinero que se atreviese á salir de Cebre á tales horas, había licenciado hasta la mañana siguiente á su gavilla y se retiraba sola; al ver un barbilindo de curita que se aventuraba en el camino, había querido jugarle una pasada; pero el ruido del gatillo la hacía temblar y la aconsejaba como único recurso la fuga. Dio un salto de costado hacia el pinar; el joven abad, picando á su viva yegua, se le fué encima, la alcanzó y la atropello. Saltó él de su montura, empuñada la pistola; pero la Loba, sin darle tiempo á nada, desde el mismo suelo en que yacía, se le abrazó á las piernas y logró tumbarle. Arrancóle la pistola, que arrojó al seto, y después le eahó al cuello las recias y toscas manos, y apretó, apretó, apretó El pinar, el cielo, el aire, cambiaron de color para el pobre abad. Primero lo vio todo rojo; luego, grandes círculos cárdenos y violáceos vibraron ante sus ojos, que se salían de las órbitas. No fué él, no fué su razón, fué el puro instinto el que guió su niano derecha en busca del cuchillo oculto en el pecho. Y mientras la Loba reía con lorpes carcajadas del espectáculo del cura sacando la lengua, -á tientas, la mano impulsó el arma. La terrible argolla de las manos de la capitana se abrió, y ella cayó hacia atrás con el pscho atravesado Carne de perro tienen los bandidos. La Loba curó Pero su ánimo quedó quebrantado, su prestigio enflaquecido, deshecha su leyenda. Y, el nueve capitán general que vino á Montañosa- -veterano que gastaba malas pulgas- -tanto persiguió á la gavilla, queipa curas pudieron volver en paz, ya anochecido, á sus rectorales. DIBUJOS o í MÍKDIZ BBINOA EMILIA P A E D O B A Z A N