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nn dorado rizo de mujer, y recrudecido su pesar por envidia al hombre aquel que lloraba de amor, abandonó la corte y se dio á correr mundo en busca de remedio. Lágrimas tiene esparcidas por doquier nuestra madre Naturaleza, -meditaba el príncipe, que á fuer de cuitado era un algo filósofo. -Lágrimas gigantes y amargas parecen las olas de los mares, lágrimas de pena; lágrimas cristalinas y risuefias las gotas de rocío que vierte la mañana sobre cumbres y valles, lágrimas de alegría; lágrimas melancólicas las hojas que el otofio arranca de Jas frondas, lágrimas de oro, acaso lágrimas de amor Y envidiándolas todas, surcaba mares, trasponía cumbres, recorría valles y contemplaba frondas, sin hallar nunca el suspirado venero de las propias lágrimas. Volvió á la corte. La reina, casi muerta de angustia, demandó con públicos pregones remedio para el mal de su hijo. ¿Quién conocía el medio de que llorase el príncipe? De no se saba qué antros llegó una viejecita corcovada. -Tengo cien años- -dijo- -y sé cómo desarmar la cólera del Hada de las Lágrimas. Es preciso que una mujer hermosa y ajena al príncipe arrostre mil peligros y llegue sola al palacio de la inmortal para implorar su perdón. Eapitióronse los pregones. Una chiquilla rubia se presentó en la corte. ¡Yo iré! Eaía, al ofrecerse, con los labios, con los ojos, con la frente, como si toda la alegría de la tierra hubiese hecho nido en su corazón. ¡Qae Dios te bendiga! -suspiró la reina njvrándola partir. -Y que vuelvas pronto, -dijo el príncipe Feliz, enamorado súbitamente de la chiquilla Volvió; la corte se vistió de gala para recibirla. Modesta y alegre, contó las peripecias del viaje: abismos salvados, dragones vencidos- -Y aquí tenéis, señor, el don de lágrimas que tanto deseasteis. -Puso en manos del príncipe ánfora primorosa y diminuta. -Aquí está encerrada la esencia de todas las lágrimas que habáia deseado verter. Lloraréis, sefior, por vez primera el día en que, sin vos procurarlo, rompáis el cristal que la guarda. ¿Y qué pides en premio? -preguntó el príncipe, soñando en colocar su corona sobre los rizos rubios de la niña. -Nada, señor. Sólo la compasión movió mi deseo de hacaros feliz; en cuanto á mí, lo soy tanto, que no está en poder vaestro aumentar mi dicha, -replicó ella, mientras nacía de sus ojos un rayo de amor. Siguió el príncipe la mirada de ella, y la encontró en los aires, cruzándose en un beso con la de aquel soldado al cual viera un día llorar de ternura en los jardines reales. Sintió el príncipe entonces mordedura de celos; crispó sus manos el despecho, y se quebraron los cristales del ánfora. Y ante toda la corte que celebraba su sin par ventura, derramó el príncipe Feliz las primeras lágrimas, mucho más tristes que todas sus pasadas tristezas G. MARTÍNEZ SIERRA. DIBUJOS DB VARKLA