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WILLIAM FOX (DB UNA CARTA DE ISABEL A JUDIA) u aburrimiento en Zarauz me consuela del mío en la corte. No sabes lo que es Madrid en verano: un lugarón en el que todos nos volvemos cursis. Y lo peor es que no só cuándo marcharemos; papá no puede marchar mientras no cierren el Tribunal; y menos mal si no nos cierran el Circo; es lo que nos qaeda. El Circo está muy bleu los jueves, jueves clásicos; ahora dicen que también habrá viernes de moda, y hablan de poner sábados blancos. Todo porque este año los Jardines están tronados, con eso de que allí se f ogen intermitentes. Papá no nos deja ir; pero él va, y no las coge; también va mi hermano, y tampoco las tofíe. Yo creo que exageran y que no hay tantas, peio mamá les nene tal miedo, que no vamos. Me he reído mucho con tu aventura del pescador. Eso es un idilio en alta mar. ¡Graciosísimo! Me le presentarás cuando vaya. Guardo secreto. Ya sé que los hay muy guapos, buenos mozos. Pues confldencia por coofldencia: yo también tuve aventura; es preciso defenderse, matar el tiempo. Ha llegado al Oirco un écuyer very fasMonable; se llama William Fox (ya sabes que todo acróbata se llama William) Sale en un caballo blanco; un caballito precioso. A roí estos caballos de circo me entusiasman; no los áeipolo, larguiruchos, antipáticos. Pero lo mejor no es el caballo, sino el caballero, el joven William. Es inglés de veras; muy rubio, bigote rubio, la cabeza un puro rizo. Ya sabes que deliro por los rizos; á veces me creo capaz de enamorarme de un negrazo sólo por loa rizos; será tontería, será lo que quieras, pero me entusiasman los pelos rizados. Mi William se presenta elegantísimo y distinguidísimo: malla de seda blanca, todo blanco, sin más que una estrella de brillantes prendida en la malla, eobre el pecho. Te digo que si le viesesl A bien plantado, lo pongo á reñir con tu pescadorcito. Con estos éeuyers me pasa lo que con los caballos: me parecen mejor que los del polo. Y ahora viene lo bueno. Pero se me olvidaba decirte que Fox tiene los ojos azules, de un azul muy extraño, que con la luz del Oirco reluce como la estrella del pecho. Ello es que en cuanto sale á la pista y a estoy yo azorada. Qué gracioso! Y me parece que la silla del palco y el palco entero salta, caracolea y bota como el caballo de William. Y algo hay de esto, porque mamá la otra noche me dijo tres veces: Isabel, no escandalices; estáte quieta. A lo mejor, á un brinco del caballo se me escapa un chillido; los del paseo se ríen, pero no puedo contenerme, y al ver las atrocidades que hace William sobre el hermoso bruto, me tapo la cara, me vuelvo de espaldas; en fin, que me pongo en ridículo. Luego, en casa, en mi cuarto, sigo viendo á Fox sobre el caballo haciendo piruetas. El domingo por la tarde