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hlitV OM UANDO era niño, á veces los jaegos me rendían, y en tanto que los otros brincaban y reían, buscaba por refugio las sombras de un rincón; oía una voz suave cual música lejana, cerraba al fin los ojos, y espléndida y lozana veía en mis adentros surgir la aparición. Acuella era la gloria, con todas sus canciones, con todos sus deleites, con todas sus traiciones, abriéndome las páginas de un libro celestial! -No juegues, me decía, no corras, no retoces, yo te daré otras ansias, yo te daré otros goces; serás el elegido, serás el inmortal. -Me defendía en vano con débiles suspiros, cuando con risas francas, y en revoltosos giros, veía á otros machaclios jugar, saltar, correr- Yo soy un niño! Déjamel ¡No me hables de la vidal Pero ella, retorciéndome con brusca sacudida, segaía el libro hermoso queriéndome leer. Y yo la oía trémulo, la oía y la escuchaba. Sa libro por caminos de flores me llevaba, por cielos alfombrados de estrellas sin cesar, por amplias y radiantes escalinatas de oro, mostrándome un tesoro en pos de otro tesoro, la fuerza y la esperanza, el trono y el altar. Después, cuando pasaba mi mano por la frente, quedaba al serenarme como un convaleciente, herido en la memoria por el dolor precoz. Bascaba olvido en vano con infantiles jaegos; la audaz dominadora, sin atender mis ruegos, vertía en mis oídos el néctar de su voz. -1 Yo soy un niño! Déjame! No me hables de la vida Pero ella se gozaba con agrandar la herida! ¡Tá serás hombre, el hombre camina al idea) ¡Te llevaré en mis brazos, te subiré á la cumbre, encenderé tus versos con chispas de mi lumbre, serás el elegido, serás el inmortal! -Oía yo sus dulces halagos con delicia, ¡los niños se van siempre con quien les acaricia! y le entregué las ansias de toda mi niñez. Crecí, me sentí fuerte, me sentí libre, pero un día ¡el de! a aurora, el del amor primero I la aparición en mi alma se despertó otra vez. Qaiso estrellar su imagen mi ardor iconoclasta. ¡Déjame amar! ¡Soy jo venl ¡La juventud me basta! -Pero ella, con su eterna dominación brutal, seguía en mis adentros dictando el himno hermoso. -Serás el respetado, serás el poderoso, serás el elegido, serás el iamortal! -Después, cuando del mundo vinieron los embate? sostuvo mis alientos en todos los combates, dicíéndome: ¡No cejes, que tuya habré de ser! -Mas ¡ay! mis sombras iban creciendo á sus reflejos; y cada vez más bella, y cada vez más lejos, me daba la desgracia brindándome el placer. Y mientras voy subiendo la cuesta de la vida, constante me persigue la hermosa prohibida, llenándome de anhelos, de amor al porvenir. ¡Y siempre sus palabras son dulces é insinuantes, y siempre sus promesas son grandes y arrogantes y siempre lo ofrecido se queda por cumplir! Mujer, tú eres como ella. Tú tienes sus efluvios y sus palabras dulces, y sus cabellos rubios, su acento dominante, su enigma encantador. ¡Recógeme en tus brazos, pues ella me desecha, aplaquen tus ternuras la sed no satisfecha, y endulcen la derrota las mieles de tu amor! RICARDO J O A T A R I N E U DIBUJO DE VÁRELA C