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KL ACTO DEL SEPELIO EN EL CEMENTERIO manas han abromado su viaje al cementerio. No se recuerda en Barcelona una manifestación de duelo semejante. Fué sincera, espontánea, maguífica. La gran ciudad se ha conmovido en un sollozo de amargura. En el histórico salón de Ciento se instaló la capilla ardiente. Ante el cadáver, colocado en espléndido ataúd de madera y hierro forrado de cinc, han desfilado 100.000 personas. Las paredes de la capilla, cubiertas de pafíos negros, aparecían llenas de coronas. La guardia municipal, de gran gala, veló el cadáver, y el viernes á primera hora de la tarde, enlutados los farolee públicos, cerradas las tiendas, impedida la circulación de vehículos por los sitios más céntricos, Barcelona comenzó á dar ostensibles pruebas de un intenso duelo. Figuraban en el cortejo representaciones nutridísimas de 400 ó 600 sociedades y multitud de personas más, seguidas de las coronas (excedían de cien) colgadas de perchas unas y admirablemente colocadas otras en carruajes enlutados, cerrando la procesión un piquete de guardia municipal de gala y civiles de á caballo. Entre las coronas, llamaban la atención por su riqueza y buen gusto las de los ayuntamientos de Barcelona y Valencia. Iba aquélla en un camión cubierto con pafios negros. Era muy artística, de colosal tamafio, de claveles blancos, azucenas, rosas y palmas. Las cintas, preciosas, negras con bordado morado, y nnoe artísticos remates de metal dorado. La de Valencia era enorme, de flores naturales; en un lado magnolias y en otro variedad de clases. En la parte inferior de la corona aparecía el escudo de la ciudad valenciana, hecho con flores naturales también. La carrera presentaba un aspecto iudescriptible. La muchedumbre se apifiaba al paso del cortejo fúnebre, descubriéndose con respeto. Enlutaba la mayoría de los balcones colgaduras negras, y eran hermosas canastillas donde las mujeres lucían sus trajes de tonos claros y su belleza. En las aceras de las calles había dobles y triples hileras de sillas; sobre los faroles y los árboles se encaramaban las gentes, y al paso del féretro las hermosas catalanas arrojaban flores no tan blancas como sus rostros ni tan rojas como sus labios. En la amplia plaza de Cataluña la multitud se esparcía, como si fuese un pulmón gigante ansioso de aspirar el aire tibio de la tarde; en el muelle de la Paz, al pie del obelisco de Colón, colgado de racimos de cabezas el pedestal, y del suntuoso edificio de la Aduana, se despidió el duelo, y gran parte de la comitiva desfiló hacia el cementerio. Coronaba los altos de la carretera, Miramar, Montjuich, la entrada del camposanto, un gentío inmenso. El sepelio fué un cuadro admirable. El cuerpo del cantor de L Atlántida reposará en una roca abierta para guardar los restos de Mosén Cinto, apartada de los suntuosos mausoleos, recortando el azul del cielo y frente á la inquieta y azul superficie del mar latino. Ya era el crepúsculo cuando el cadáver de Verdaguer quedaba encerrado en su lecho de piedra. La multitud regresaba conmovida. De allá, de lo alto, parecía descender un soplo de justicia á besar la roca del poeta, mientras abajo, en el puerto, comenzaban á parpadear los arcos voltaicos y la gran metrópoli volvía á entregarse á la fiebre de la vida, dominada unas horas por la majestad silenciosa y solemne del dolor DAEÍO PÉREZ FOTS. NAPOLEÓN CORONA FÚNEBRE ENVIADA POR EL LIBERAL DE BARCELONA