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s s. S SILUETAS DE ANTAÑO P V ACE sesenta años la solariega casa en que hoy se halla instalado el Centro del Ejército era uno de los lv Sj palacios de la villa y corte en que se daban más espléndidos saraos. Si no ando equivocado, todavía se conserva con su prístina decoración barioca el salón de fiestas de la linajuda morada. Allí vivía y allí recibía con el fausto exigido por su rango una ilustre dama, noble entre las nobles, la condesa de Montijo, presentando á la dorada sociedad, como una flor traída de los cármenes granadinos, á su hija Eugenia, que en seguida vino á ser la deidad ante la que se postraban rendidos todos los altos corazones. Azules claros, con reflejos húmedos, los ojos; finas y dulces las facciones, abundante la cabellera, poseía la señorita de Kirck Patrik un atractivo singular. Por su aire casto y tímido resultaba una Psiquis; por su estatura elevada y majestuosa, diríase una Juno. En cuanto surgió en un baile, en su suave adolescencia, triunfó. Euó el éxito de una Gracia. La Providencia no destinaba, sin embargo, esta perla para Madrid. La condesa de Teba hallábase llamada á más altos destinos. Corriendo el año de 1862, y en su auge aquellas famosas cacerías de Compiegne en que Napoleón III, ávido de fausto, distraía sus ocios imperiales, hubo de chocarle al soberano en una partida cinegética cierta arrogante amazona, desconocida para sus reales ojos, que á la corrección de sus líneas unía lo artístico de su tocado, singularmente de su cabeza, cubierta con un sombrero Tudor, con ondeante pluma blanca y amplio velo: una cabeza de cuadro de Van Dyck. La amazona acompañaba á Mlle. Eostchild, y durante la partida demostró ser un perfecto jinete. Prendado Bonaparte de tan sugestiva figura, se hizo presentar á la dama, enterándose entonces de que era española, y por añadidura andaluza: la realización de un sueño de Gautier. Si la silueta le atrajo, la palabra le encantó. No mucho tiempo después, las monumentales torres de Nuestra Señora de París velan ante sus muros labrados uno de esos bajorrelieves modernos que constituyen las nupcias de los príncipes; carrozas de oro, caballos empenachados, fuerzas militares, y entre el repicar de las campanas y el estruendo de las salvas de artillería, el arzobispo Sibour bendecía la boda egregia y Eugenia subía al trono imperial. Pero la desgracia acechaba desde la sombra á la hasta entonces afortunada criatura. Un vastago, un hijo, el varón deseado al que transmitir la gloriosa imperial herencia, venía al mundo como resultado de esta unión. Todo parecía presagiar la ventura; el porvenir ofrecíase esplendoroso, y he aquí que de pronto sobreviene la catástrofe, surge la guerra franco prusiana, y la dinastía napoleónica, arrastrando á la nación á la ruina, se hunde también en la caída para no volverse á levantar. Porque el príncipe nacido en los últimos días de apoteosis, esperanza en lo futuro de sus partidarios, ya un hombre, ganoso de popularizarse y afiliado en el ejército inglés que combatía en el Cabo, moría trágicamente algunos años después en una emboscada tendida por los zulús, golpe final que destronó á la vez definitivamente el corazón de la madre y de la reina. La emperatriz Eugenia existe todavía, retirada con su dolor y sus recuerdos en el fondo de nn viejo castillo, entregada como Niobe á su pena. Ha sido la más desgraciada de todos, porque la suerte la condenó á vivir. ALFONSO P É E E Z NIEVA